El exlanzador Sergio Lacayo, dueño de un gran historial en el beisbol nacional, radica en Houston, Texas.

«El monstruo» Sergio Lacayo y su gran habilidad para adaptarse a las circunstancias

En poco más de siete años ganó 120 juegos y su efectividad de 1.77 es la mejor entre todos los lanzadores nicas que han trabajado al menos 1,000 innings

La cualidad más admirable en Sergio Lacayo quizá ha sido su capacidad de adaptación. En sus días como lanzador, cuando su recta dejó de moverse rápido, él se encargó de aplicarle más sabiduría a su cerebro. Tomaba apuntes de las zonas débiles de sus compañeros cuando bateaban por si un día debía enfrentarlos y se ajustaba a la zona de strikes de cada árbitro.

“Calixto Vargas me preguntaba, ‘¿y qué apuntás tanto?’ Entonces yo le decía, ahora ya sé que no debo lanzarte pegado ni bajito. Eso es lo que apunto. Igual con los árbitros: como Manuel Tejada (Tejadita) era chaparrito, su zona era más baja y yo le lanzaba ahí. En cambio, con Jorge Ortiz o ‘Cachirulo’ Mendoza, que eran grandes, lanzaba más alto”, explica Sergio.

Es evidente que sus tácticas le funcionaron, tanto que por su éxito como lanzador llegaron a llamarlo “El monstruo”. En poco más de siete años de carrera, Sergio terminó con 120-40 y 1.77 en 1,242 innings. Es líder en porcentaje de ganados y perdidos (.750) y su efectividad es la mejor en el beisbol nacional para quienes han lanzado por lo menos 1,000 innings.

“Yo llevaba al día mis estadísticas. Todo lo apuntaba. Y siempre le di más importancia a la efectividad que a los juegos ganados porque me parece que la efectividad habla con mayor exactitud de quién sos como lanzador. A veces podés ganar lanzando mal o perder lanzando bien, pero ahí queda el testimonio de tu actuación, que es evitar carreras”, indica Sergio.

No obstante, no solo de su balance y su efectividad puede estar orgulloso Lacayo. También es autor de un no hitter con la Selección Nacional en contra de Colombia en el Torneo de la Amistad en 1971. Terminó con 3-0 y 0.98 en 27.2 innings en el Mundial de 1972. Impuso el récord de 0.14 de efectividad en 1969 y logró 22-7 y 1.91 en 1977 con los Tiburones.

“Yo estoy agradecido con Dios por cada una de las cosas que me permitió realizar, pero eso de ganar 22 juegos en 1977 con Granada, es algo que aún hoy me sorprende por lo mal que estaba mi brazo. Yo sentí que terminé con las completas. Pero Heberto Portobanco que fue un gran mánager, me usó de forma inteligente y hasta siete juegos salve”, recuerda.

Quizá más sorprendente aún, es que Lacayo ganó 18 juegos al año siguiente (1978) año en el que Granada derrotó a Estelí en una Final jugada a nueve partidos. Sergio había tenido su primera lesión en el codo en 1973 y hasta fue sometido a cirugía perdiendo buen tiempo, pero en 1976 su brazo volvió a flaquear, ahora del hombro, y el dolor no desapareció más.

“A mí me dañó el brazo Tony Castaño, no fue Portobanco, como muchos han dicho. Yo le había lanzado 13 innings a Estelí en 1976 y no me sentía bien y a pesar de que lo dije, con solo dos días de descanso Castaño me ordenó lanzar contra Panamá y no aguanté más que cinco innings. Yo sentí como que el brazo se me desgajó y ya no hubo remedio”, afirma.

Sergio extendió su carrera con inyecciones que le ponía el doctor Granera Padilla en León, mientras se convertía en un “as” del cambio de velocidad, curva y slider, los que mezclados con lo que todavía le quedaba de su recta, lo convirtieron un lanzador memorable a pesar del dolor. Incluso, en todos estos años, Lacayo hizo el grado en la Selección Nacional.

“El mejor equipo nacional en el que estuve fue el de 1972. Éramos una familia, nadie se creía más que el otro. Éramos un equipo. Lo que nunca me ha parecido justo, es que solo se reconozca el trabajo de Julio Juárez, que fue espectacular, ante Cuba, el jonrón de Vicente López o la atrapada de César Jarquín. Ahí hubo muchos más héroes”, reclama Lacayo.

El propio Lacayo tuvo 3-0 y 0.98 en ese Mundial tras vencer a China, Canadá e Italia, pero dice que no está buscando reconocimiento para él, sino, por ejemplo, para Julio Cuarezma y su triple frente a Puerto Rico; Germán Jiménez y su doble contra Canadá, Pedro Selva y su bateo en todos los juegos, Ángel Dávila y su out de oro o Calixto Vargas y su gran labor.

“Ahí todos hicimos nuestro aporte, pero a veces pienso que se habla más de la victoria ante Cuba que del Juego Perfecto de Don Larsen en la Serie Mundial de 1956. Pero bueno, qué se va a hacer. Para llegar a ese juego contra Cuba, hubo que ganar otros más que también fueron importantes”, señala Lacayo con su voz fuerte que se ha tornado más firme ahora.  

Detalles

Sergio, quien cumplirá 78 años en febrero próximo, vive en Houston, Texas, donde ya está retirado. Un accidente automovilístico precipitó su salida del trabajo, a pesar de que todavía se sentía fuerte para continuar. De sus seis hijos, solo uno, Sergio, jugó beisbol brevemente, antes de dedicarse a los estudios y convertirse en un abogado incluso con varias maestrías.

“Mi familia es de León, pero yo nací en Chichigalpa, Chinandega, y no en Granada como se ha dicho. Incluso, me han dicho que, en el documento del Salón de la Fama, dice que yo nací en Granada y eso no es correcto. Es más, me incluyeron en el Salón de la Fama y mí nadie me contactó. Y no es que me haya perdido. Voy todos los años a Nicaragua”, afirma.

Cuando se le pregunta por los tres bateadores más complicados que enfrentó, Lacayo no vacila en señalar a: Calixto Vargas, Danilo Sotelo y Pablo Juárez. Y los tres más fáciles: Pedro Selva, Ernesto López y Apolinar Cruz. Y cuando se le menciona a Carlos García, dice: hombre muy astuto, pero nos trató mal y no tenía palabra. Él tenía su argolla.

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