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Siempre ha sido lo mismo. Hay que culpar a alguien de los que nos desagrada, de lo que nos frustra, sin importar si dirigimos la molestia en la dirección equivocada. Pasa en la vida y pasa en los deportes. Si no, lean o escuchen las opiniones de una parte de los fanáticos del León, quienes apuntan hacia los árbitros, la comisión del beisbol y el mánager Ramiro Toruño.
Recuerdo haber crecido escuchando que los jueces le habían robado su pelea a Francisco “Toro” Coronado contra Rafael “Brujo” Ortega en Panamá en 1977. Y sin haber visto la pelea, muchos repetíamos lo mismo, hasta que nos tocó reconocer que, en aquella terrible exhibición, Coronado no había acumulado méritos para capturar el título pluma de la AMB.
Y tres años antes, en 1974, nos habíamos hecho la idea de que a Vicente “Yambito” Blanco los jueces lo habían despojado de una legítima victoria ante Jesús “Papelero” Estrada, en el coliseo de Guadalajara, Jalisco. En realidad, Blanco había dominado el combate, pero sus seconds subieron al ring antes del veredicto y eso provocó una legal, aunque injusta, descalificación.
Y así podríamos enumerar tantos episodios en la historia del deporte pinolero en los que acusamos en la dirección equivocada, como cuando se culpó a Juan Manuel “Jagüita” Vallecillo de un error que habría privado a Nicaragua del título en el mundial de beisbol en 1947. Vallecillo sí cometió el error, pero se demostró que había sido al inicio y no al final del juego.
Muy pocos reconocen que la ofensiva leonesa se vino a pique, que la defensa vaciló en los momentos claves y que, hasta el propio Junior Téllez, el mejor lanzador del campeonato, no estuvo tan efectivo como se esperaba en el juego decisivo. Todas estas cosas pasan durante un partido, pero el fanático furibundo, el cabeza cerrada, solo tranza por la victoria.
Siempre he sentido una especial admiración por la fanaticada leonesa. Es la más ferviente en el respaldo a su equipo entre todas las del país. Lo siguen a todas partes e intimidan al oponente con su entusiasmo, pero algunos de ellos culpan a los jueces por la derrota del martes, cuando ningún fallo arbitral, por malo que haya sido, fue determinante en el resultado del juego.
De igual modo se critica al mánager Toruño, quien encontró un equipo dividido y hasta un staff de técnicos que jalaban en direcciones opuestas, pero logró ensamblar todas las piezas y comprometió a los jugadores al extremo de imponer una marca nacional de victorias consecutivas (24) y los llevó a pelear hasta el último momento, pero ahora se pide su cabeza.
También se cuestiona a la comisión del beisbol, a la que en más de una ocasión he criticado porque no me parecen correctas algunas de sus decisiones, pero vale reconocer ahora que incluso para esta postemporada, ha decidido nombrar jueces de otros departamentos y no de los equipos involucrados en los partidos de los playoffs. Eso es un avance importante.
Recuerdo la terrible experiencia de 1997, cuando en la Final Bóer y León, el árbitro Leonel Cajina, leonés, quien debía cantar un forfeit porque los directivos leoneses levantaron a su equipo en reclamo a Carlos García por la división del dinero generado en la serie, pero Cajina se vio impedido de aplicar el reglamento porque amenazaron con quemarle su casa en León.
Los equipos buenos se sobreponen a los inconvenientes en el camino, a los jueces e incluso a decisiones en las mesas que, de acuerdo a sus puntos de vista, no son correctas, pero a los Leones les faltó rugir un poco más: batear en el momento preciso y defender mejor. Si han hecho eso, los jueces y la comisión ni siquiera se les mencionaría y Toruño iría rumbo al monumento.
Creo que todos tenemos la responsabilidad de evolucionar. Los jugadores, los técnicos de los equipos, los dirigentes del beisbol, los jueces y hasta los cronistas, quienes a veces nos volvemos esa masa crítica que atiza confrontaciones en una dirección, cuando deberíamos comprender que el deporte, más que una medición de fuerzas obsesiva, es un entretenimiento.
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