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Encauzar la vida y esforzarse

Vivimos en la cultura del facilismo de la vida, queremos lo cómodo, la ley del más mínimo esfuerzo, ver sin hacer, hablar sin comprometerse.

Eso de esforzarse, de sacrificarse, de trabajar, de luchar sin tirar la toalla, de someterse a unas leyes o a una moral, no nos va. Lo que se lleva es la puerta ancha, la no ley, vivir sin complicarnos para nada la vida. Y cuando la vida de una persona o la marcha de una familia o de un pueblo se fundamenta en hacer cada uno lo que le viene en gana, sin mirar leyes ni valores ni moral ni ética, las cosas no pueden marchar bien.

Es verdad que algunas veces nos pasamos en las normas y en las leyes y vemos el mal en todo. El peligro de hoy está en creer que ya las leyes y las normas están superadas y, por tanto todo es bueno o permitido. Yo soy quien hago mi ley según mis deseos y necesidades

Mientras sigamos entendiendo que hoy todo está permitido, que eso de moral es palabra trasnochada, que no hay más norma que la norma de hacer lo que nos venga en gana, nuestra vida se irá deteriorando y corrompiendo cada vez más.

Mientras en nuestras familias no se eduque y se corrija, no se responsabilice y se pongan límites nuestras familias se desmoronan porque la educación brilla en ellas por su ausencia.

Mientras los ciudadanos no cambien de mentalidad y sigan fomentando la idea de hacer cada uno lo que le venga en gana sin limitaciones de valores ni de moral, nuestras comunidades seguirán hundiéndose en la más aguda corrupción y deterioro, en el tener, placer y poder sin control. No hay para comer pero sí para gastar en lo que no es necesario.

Jesús nos lo ha dicho claro: “Esfuércense” y no teman tener que pasar en ciertos momentos, por el camino estrecho (Lc.13,24).

Nuestra meta es lograr la perfección de la vida (Mt. 5,48) y, por lo tanto, de nuestra familia y de nuestros pueblos; y esto no se consigue sino con el esfuerzo y pasando por caminos duros y muy estrechos, muchas veces. Ser discípulo de Jesús tiene su cuota de esfuerzo, dedicación, y trabajo arduo.

La vida personal, familiar y social no la construyen los flojos ni los sin ley, ni los que se abandonan en el ocio, ni en los que solo piensan en sí mismos sin ayudar ni comprometerse en nada, ni los que viven de apariencia.

El camino ancho, el facilismo, el dejarse llevar por la corriente del río sin hacer esfuerzos por nadar, conduce a la muerte, como nos dice Jesús: “La puerta ancha y el camino amplio conduce a la perdición” (Mt.7,13).

Hoy estamos cayendo en la tentación de hacer un mundo sin principios, sin valores, sin reglas a las que atenernos. No queremos leyes ni prohibiciones. Solo admitimos una prohibición: “La prohibición de prohibir”. Se ve mal el bien y el orden y se enaltece el desorden, la vagancia, el consumismo.

Nos está pasando como al río que se sale de sus cauces, por donde pasa destruye y lo echa a perder todo. Necesitamos encauzar nuestras vidas y esforzarnos, aunque nos cueste, para no desmadrarnos y poder llegar a la meta que Dios nos ha puesto a cada uno.

En fin, vivimos acelerados, preocupados por muchas cosas y quizá lo que interese sea solamente tratar de vivir bien, ser feliz y cómo lograrlo. Necesitamos hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué esperamos?, ¿qué buscamos?, ¿qué estamos haciendo?, ¿está en nuestro horizonte la posibilidad del final de la vida y lo que vendrá después?

El autor es sacerdote católico.

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