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El Calvario del obispo Rolando Álvarez Lagos

Se podía adivinar que el obispo de Matagalpa, monseñor Rolando José Álvarez Lagos, sería encarcelado al final del último acoso policial. Pero, afortunadamente, por ahora lo han dejado con casa por cárcel.

     Que monseñor Álvarez sería encarcelado se pudo ver claro desde el viernes 5 de agosto, dos días después de que la Policía le impidió salir de la Curia Episcopal de Matagalpa para que no pudiera cumplir sus deberes religiosos. Y lo retuvo allí durante dos semanas, encerrado junto con varios sacerdotes y laicos católicos.

     Ese día la fuerza policial informó que había abierto un proceso de investigación al obispo y otras personas cercanas a él, por la acusación de “intentar organizar grupos violentos” y ejecutar actos de odio. Una acusación absurda, por donde se le mire, como son todas las que se han hecho para meter en la cárcel y condenar a largos años de prisión a todos los presos políticos.

     Decimos que se podía prever que el obispo Álvarez sería encarcelado, porque el régimen no inicia un proceso de esos —sea por medio de la Policía o de la Fiscalía—, sin que esté decidido a llevarlo hasta el fin. Lo cual se comprobó este viernes 19 de agosto a las 3:00 de la madrugada, cuando la Policía sacó por la fuerza a monseñor Álvarez y sus acompañantes, de la Curia Episcopal, y horas después informó que dejó al obispo con casa por cárcel y llevó a los demás a la cárcel del Chipote.

     Monseñor Álvarez no es el primer jerarca religioso católico que es encarcelado por orden del poder político, en la larga historia de Nicaragua manchada con persecuciones a la Iglesia católica.

     La primera vez que encarcelaron a un alto dignatario de la Iglesia en Nicaragua, fue el 14 de mayo de 1543. Ese día, el deán Pedro de Mendavia fue encarcelado por orden de la déspota María de Peñalosa, hija de Pedrarias Dávila y mujer del también tirano, Rodrigo Contreras. Eso lo relata el historiador Ricardo Zúñiga, en su Historia Eclesiástica de Nicaragua.

     Siete años después, el 26 de febrero de 1550, el mismo Rodrigo Contreras junto con su hermano Hernando y con la complicidad de su madre desalmada, asesinaron al obispo fray Antonio de Valdivieso, a quien odiaban por sus denuncias de las brutalidades que cometían contra los indios y de todos sus abusos de poder.

     Incluso en el período de los gobiernos conservadores en el siglo 19 —que en muchos aspectos fueron ejemplares—, la Iglesia católica sufrió en una ocasión la persecución gubernamental. Peor ocurrió durante la revolución liberal de 1893 y los años siguientes, pero sin duda que las más duras persecuciones a la Iglesia católica han sido las de los sandinistas en el poder, en los años ochenta del siglo pasado y ahora.

     Símbolo personal de esa persecución es monseñor Rolando Álvarez, quien sufre el rigor de la prisión, aunque lo tengan con casa por cárcel. Por su fe, y por su valentía ejemplar en la defensa de la libertad religiosa y de los derechos humanos de todos los nicaragüenses, el obispo de Matagalpa está padeciendo su propio Calvario.

     Monseñor Rolando José Álvarez Lagos debe de ser puesto en libertad y exonerado de las absurdas e injustificadas acusaciones policiales.

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