14
días
han pasado desde el arresto de nuestro gerente Juan Lorenzo Holmann, y la toma de las instalaciones. Nuestra Redacción está hoy en el exilio. ¿Vas a permitir que la dictadura se salga con la suya?

No temas

Si vemos nuestro entorno, hoy día da la impresión de que estamos viviendo en una civilización del “temor”. Respiramos un clima de miedo. No sabemos qué va a ser de nosotros el día de mañana. Le tememos a una posible enfermedad. Le tememos a perder el trabajo. Le tememos al crecimiento de cualquier mal, de la delincuencia y de la inseguridad.

Le tememos a perder la vida en cualquier momento. Los padres temen por sus hijos porque no saben con quiénes andan y los peligros son muchos.

Los jóvenes no saben qué será de ellos en el porvenir. Si vemos nuestras mismas casas, nos encerramos entre rejas como presos voluntarios.

Hasta en nuestra relación con Dios, vivimos la fe como en un ambiente de temor. Nos hemos forjado un Dios terrible y castigador, que manda a todos al infierno…

El miedo y el temor lo tenemos ahí, como compañero de nuestra vida. Es verdad que el temor es una consecuencia de nuestros mecanismos de defensa. El temor surge cuando vemos la posibilidad de que nuestra vida o su integridad o nuestras cosas estén en peligro.

El temor es natural en toda persona humana que se ve amenazada. Sin embargo, lo que ya no debe ser natural, es que vivamos dominados por el miedo; eso ya ni es humano ni cristiano.

El hombre dominado por el miedo no es hombre de fe. Por eso, Jesús nos dice: “No teman, pequeño rebaño”. (Lc. 12,32)

Cuando los israelitas se dan cuenta de que el faraón y su ejército les persiguen, empiezan a temblar de miedo. Moisés, entonces, les dice: “No se asusten; permanezcan firmes; verán de qué manera Yahvé les va a salvar” (Ex.14,13).

Ante la mirada hacia la tierra prometida, Canaán, los israelitas creen que van a ser devorados por sus habitantes y se llenan de temor; entonces Moisés se dirige a ellos y les dice: “No se rebelen contra Yahvé ni teman a esa gente. No tengan miedo” (Num.14,9).

Ante el temor de ser víctimas de las olas del mar, Jesús dice a sus discípulos: “Gente de poca fe ¿por qué tienen miedo?” (Mt.8,26).

Cuando los discípulos están en el Tabor y oyen la voz del Padre, caen en tierra por el temor que les embarga y Jesús les dice: “Levántense, no teman” (Mt.17,7).

Cuando la pesca milagrosa Jesús se dirige a Pedro y le dice: “No temas; yo te haré pescador de hombres”. (Lc.5,10).

Cuando les avisa de sus posibles contradicciones que tendrán, Jesús les dice a sus discípulos: “No teman a los que matan el cuerpo” (Mt.10,28).

En las distintas apariciones de Jesús resucitado constantemente dice a sus discípulos: “No teman” (Mt. 28,10), “¿por qué se asustan?” (Lc. 24,38).

Constantemente en la sagrada escritura se da un mensaje a que rompamos con el miedo y el temor. El temor es incompatible con la fe: el temor es producto de la inseguridad; la fe da firmeza al espíritu: “La fe es seguridad de lo que se espera” (Heb.11.1).

El temor es fruto de la duda; la fe tiene la certeza de la bondad del Padre: “No teman, ustedes valen más que los pájaros del cielo” (Mt.10,31).

Donde está el temor, no está el amor, como dice San Juan: “En el temor no hay amor. El amor perfecto echa afuera el temor, pues el temor mira al castigo. Mientras uno teme, no conoce el amor perfecto”. (1Jn. 4,18).

El temor rompe con la esperanza; la fe da seguridad; por eso dice el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? El Señor es el amparo de mi vida ¿quién me hará temblar? (Sal. 27,1).

Necesitamos aumentar nuestra fe y hacer nuestras las palabras de Jesús: “No temas, rebañito mío”.

El autor es sacerdote católico

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: