En nuestra vida diaria, si queremos saber qué idea tenemos de una persona en secreto, lo que tenemos que hacer es fijarnos en nuestras formas de hablar de ella.
Si hablamos de una forma grosera con ella, nuestra idea sobre esa persona es bastante pobre; tan pobre que no merece ni que le hablemos bien.
Si le hablamos con temor, a distancia, casi temblando, la idea que tenemos de ella es que es una especie de ogro, alguien a quien hay que temerle porque, de lo contrario, puedes salir mal parado.
Si le hablamos con hipocresía y mentiras, la idea que tenemos de esa persona es que es bastante tonta y, por ello, no podemos darnos el lujo de reírnos de ella y engañarle.
Si le hablamos con respeto y confianza, es que la idea que tenemos de ella es que es una persona cercana, íntima, querida y, por eso, merece nuestro respeto y confianza.
Asimismo, cuando hablamos con Dios, estamos expresando también qué idea tenemos de Él; por eso, los discípulos, al darse cuenta de que el Dios de Jesús es distinto al de ellos, también se dan cuenta de que su oración es distinta; de ahí que le digan: “Señor, enséñanos a orar,” que es lo mismo que decirle: “Señor enséñanos, enséñanos a creer en tu Dios para que podamos hablar con Él como tú lo haces”.
Jesús no enseña que no debemos orar diciendo muchas palabras (Mt.6,7-8). A través de toda su vida Jesús va enseñando a los suyos la oración que nos conduzca a tener la verdadera imagen de Dios.
Hoy, como ayer los discípulos, necesitamos decirle a Jesús: “Enséñanos a orar”, que es lo mismo que decirle: “Enséñanos quién es tu Dios para que oremos como Tú oras”.
Por otra parte, en nuestra vida cotidiana experimentamos diversas situaciones de impotencia y espontáneamente le pedimos a Dios que nos ayude.
Por eso, cuando Jesús enseñó a orar a sus discípulos, por medio de una oración de petición que abarca toda la realidad humana, cuyas tres principales dimensiones son la espiritual somos hijos del Padre, aceptando mi condición de hijo de Dios Padre, actuando en la vida cotidiana según su voluntad, honrando su nombre y viviendo su reino.
La dimensión material, cuando le pedimos a Dios, de todo corazón, que nos dé el pan cotidiano, nos ponemos en manos de su sabia y amorosa voluntad, para que sea Él quien a su modo, nos provea de lo necesario para ser felices.
Y la dimensión social, todos tenemos conflictos con otras personas. Generalmente son roces sin importancia, pero a veces nos causan mucho dolor. Y este dolor se sana perdonando, no guardando rencor. Por eso Jesús nos anima a meditar sobre qué es lo que debemos perdonar a los demás y qué debe perdonarnos Dios Padre a nosotros. Y después, acabando el Padrenuestro, le pedimos a Dios que nos ayude a no dejarnos llevar por la tentación del rencor ni por ninguna otra tentación.
Esas tres dimensiones son cruciales en nuestra vida, ya que las tres nos generan situaciones de impotencia y, a su vez, pueden proporcionarnos mucha felicidad, sobre todo la espiritual.
El Padrenuestro no es una especie de fórmula que resuelve mágicamente nuestros problemas, sino como una guía para meditar cómo nos va en la vida cotidiana y así pedir a Dios que nos ayude para superar nuestros problemas y ser realmente felices.
El autor es sacerdote católico.