Mientras se prolongue la estadía de las dictaduras castrochavistas en Latinoamérica, la migración forzada continuará realizándose de todas las formas posibles.
Históricamente fue entre las fronteras de México y Estados Unidos, principalmente cruzando el río Bravo, pero ahora existe otro tan peligroso como el primero: El Tapón del Darién, una de las zonas más intransitables y riesgosas, que corta en dos la ruta panamericana, y que ha servido para el viaje de muchos venezolanos sobre todo, quienes ya no soportan la asfixiante vida bajo el régimen de Nicolás Maduro.
Pero este trance es mucho más agresivo que cruzar el río Bravo, por las condiciones selváticas existentes en las fronteras entre Colombia y Panamá. Por las condiciones de su exuberante vegetación y vigencia de animales como culebras, moscas y zancudos, se torna impenetrable, convirtiéndose en una verdadera proeza lograr pasarlo. Por otra parte, como si todo esto fuera poco, se ha convertido también en una ruta de agentes del narcotráfico para traer la droga a la nación estadounidense.
Pareciera que tanto dolor de miles de personas víctimas del castrochavismo no fuera del interés de grandes entidades mundiales, donde países e instituciones como las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (OEA). Estas, con sus sanciones y acusaciones de violaciones a los Derechos Humanos contra dichos regímenes no han sido capaces de obligarlos a que apliquen la democracia, fomenten el desarrollo social de mercados libres, generen empleos y oportunidades para todos, con lo cual se paliaría la extrema migración forzada.
Esta crisis se empeora cada día, y si bien es cierto que algo debe pasar, evidentemente que serán los propios pueblos oprimidos más el respaldo cívico político de muchos otros pueblos y personas quienes saquen del poder a estas dictaduras.
La implosión social está llegando a Cuba después de 63 años de soportar tanta brutalidad política represiva, tanta hambre y tantas violaciones a la dignidad humana de muchos hermanos cubanos. Estos también se las ingenian a diario para poder sobrevivir, medio comer o bien construir una balsa con lo que sea posible y lanzarse al mar en medio de los tiburones y las aguas bravas para emprender una nueva vida lejos de sus hogares y poder enviar algún dinero a sus familias.
Igual ocurre con Nicaragua. Nuestro país de lagos y volcanes secuestrado por una dictadura que ya lleva dos periodos en el poder y en la cual desde ya se ven las intenciones de una nueva dinastía, al emplear y nombrar en cargos de Estado a los hijos de la pareja gobernante. Mientras también se habla ya de la vigencia de un partido único, como en los sistemas comunistas y totalitarios, solo administrados por el partido uninominal, en este caso el Frente Sandinista.
Mientras existan estos sistemas, tendremos para rato zonas de alto riesgo para sus viajeros como el río Bravo y el Darién. En el primero sus víctimas suelen ser arrastradas por la corriente y perdidas en el inmenso mar desde donde sus familiares jamás podrán encontrar sus restos y brindarles cristiana sepultura. En el caso del bosque en la frontera colombiana y panameña la situación es tensa y dramática, considerado uno de los sitios con más biodiversidad del Planeta, no solo se trata de pasarlo. Después continúan la otra travesía, la de cruzar la franja mesoamericana, tierras centroamericanas en las que también hay peligro, por los corredores de los narcos, los coyotes oportunistas y la Policía que algún provecho saca de esta situación hasta llegar a México y ver cómo traspasar la frontera, toda una odisea triste y dolorosa con la vida en riesgo y el sueño de llegar a Estados Unidos.
Esa es la historia que nos ha tocado vivir y que no sabemos hasta cuándo terminará. Sin embargo, ya se habla de más de 22,000 muertos en un tránsito que abarca además de los venezolanos y resto de sudamericanos, a gente de diversos países que van desde Haití, Cuba, Somalia, Bangladesh y tantos otros.
En los últimos tres años, Panamá ha recibido desde Colombia una oleada de migrantes originarios de países tan diversos como Cuba, Haití, Bangladesh o Somalia, todos decididos a aventurarse por el Darién para llegar, muchos kilómetros después, a Estados Unidos.La autora es nicaragüense de origen y nacionalizada estadounidense. Empresaria, emprendedora y activista de Derechos Humanos, actualmente se ha postulado al cargo de comisionada por Miami Dade.