Cuando descubrieron la tumba de Ramsés II (1279-1213 a.C.) se encontró en sus narices granos de pimienta negra. Había también alrededor de su cuerpo momificado, oro y piedras preciosas. Lo que indudablemente le daba a la especia, un valor igual o tan grande, como el de los artefactos áureos y las gemas que la rodeaban.
No fue pues en vano que los comerciantes europeos, desde antes de la edad media, llamaran a la pimienta el oro negro. La humanidad conoce a esta especia, desde tiempos de la civilización sumeria durante la era del bronce, aproximadamente unos 3000 años a.C., cuando fue popularizada en el periodo de Jemdet Nasr al sur de lo que es hoy Irak.
La pimienta viajaba unas 6,000 millas por la Ruta de la Seda hasta arribar a los puertos marinos. También, era traída por los Abechinos, desde las costas occidentales de Malabar en la India hasta las costas orientales de Abisinia, hoy Etiopía y Eritrea, pasando por Egipto, para luego cruzar el Mediterráneo y llegar a Grecia, Venecia y finalmente a Roma.
Cuando Alarico en el verano de 410 asalta Roma, se estaba produciendo quizás la mayor devastación del continente europeo de toda su historia. San Jerónimo, quien entonces se encontraba en Belén, lo dijo de esta manera: “Se ha apagado la luz más brillante del mundo”.
El imperio romano se desmorona en gran parte, por dos factores: el envenenamiento crónico por plomo que causó una reducción significante de la fertilidad, y la gran escasez de pimienta negra que aplacó la libido, pues este condimento, es un fuerte estimulante sexual.
Ambos fenómenos provocaron lo que algunos historiadores han llamado una “aristotanasia”, ya que era la aristocracia, de ese entonces, el principal motor intelectual, político y guerrero del imperio. Este grupo social bebía más vino contaminado con ese metal y era la que se daba el lujo de consumir más pimienta, por lo tanto, la que más sufría por su escasez.
Con la llegada del nuevo milenio, surgen dos personajes que son los fundadores del pre-imperialismo europeo: Pedro el Ermitaño y el obispo de Bremen (Wilehado de Brema, 745-789).
A Pedro le fascinaba la pimienta que era dificilísima de conseguir, por lo que elaboró un plan promoviendo una cruzada para liberar Tierra Santa de los musulmanes y facilitar que este condimento pudiera llegar a Europa.
El obispo anglosajón, por otro lado, enamorado de la miel y la caza, incita a la juventud germana exclamando: “Los eslavos son pueblos abominables y en sus tierras abundan la miel, el grano y la caza. Jóvenes caballeros dirigíos hacia Oriente”, dando inicio a lo que en el siglo XIX un periodista polaco llamó el Drang nach Osten que comenzó a principios de la edad media con el Ostsiedlung (migración de germanos hacia el Este, rodeando los territorios conquistados por la Roma Imperial y que finalizó en el siglo XIV) que eventualmente terminó creando al Estado prusiano y dándole fuerzas al nazismo del siglo XX. El chocolate, por otro lado, llegó más tarde a Europa (circa 1524), pero quizás a tiempo para salvar a un continente que de nuevo se desvanecía económica y socialmente.
El cacao, un fruto muy rico en flavonoides rejuvenecedores y saludables que se conoce desde hace 3 a 5 mil años, fue desde tiempos inmemorables la bebida de los dioses y de los aristócratas aborígenes del continente americano. Llegó de occidente a oriente, contrario a la pimienta, pero con el mismo poder seductor, comercial, salvador, medicinal y afrodisíaco a un continente que colapsaba.
Entonces, apareció en Europa el chocolate Maya (xocolatl) que sin ser suizo se llamó suizo, sin ser inglés se llamó inglés y sin ser francés se llamó francés. Este fruto originario de la amazona ecuatoriana, también tuvo que enfrentar a la inquisición, a la ambición de comerciantes, piratas, conquistadores y criollos.
Latinoamérica, sobre todo Nicaragua con su chocolate Menier (Nandaime, valle de Rivas y Diriamba) y la India con su pimienta negra de Malabar, resucitaron y mantuvieron vivo a una Europa decadente y azotada por las epidemias, como la peste que venía del Asia (1347-1351) que asoló Europa, matando a un tercio de su población; sumado a lo que se estaba viviendo desde 1337 con la famosa guerra de los cien años que en realidad duró 116 y que devastó los viñedos franceses y su economía.
Europa, ansiosa del oro amarillo y brillante, por el cual se tenía que matar y reducir a la población para obtenerlo, olvidaba que el oro negro que ellos mismos habían bautizado como tal, y el oro que amarga con sabrosura el paladar, podían encender y avivar la chispa del amor y de la reproducción. Olvidaban que ambos vegetales, tienen más valor que los diamantes y que del mismo oro porque dan vigor y crean vida y al crear la vida se crea todo lo bueno, todo lo próspero, todo lo saludable que puede dar la creación y la existencia humana. Coincidentemente ambos productos naturales llegaron a tener tanto valor que se usaron como moneda.
En un país como Nicaragua, solo se necesita cultivarlas, cuidarlas y saberles dar un valor agregado para ayudarnos a salir como a esa Europa de los días pasados, de la miseria que adormece a nuestro pueblo.
El autor es médico