La trascendencia de la Cumbre de las Américas

Transcurridas dos semanas desde la IX Cumbre de las Américas, es oportuno hacer un balance reposado del magno evento hemisférico.

Independiente de que mucho se valoró la Cumbre en términos de la inclusión o exclusión de las dictaduras, lo que se discutió y acordó fue de gran trascendencia.

Se discutieron medidas y se alcanzaron acuerdos para enfrentar la pandemia de covid y otras que puedan venir, y se comprometieron más recursos de apoyo para la salud de la población rural.

Se vieron los retos del cambio climático y se alcanzaron acuerdos para proteger las zonas costeras del mar pacífico y la riqueza de los arrecifes. Se reconoció la importancia clave del desarrollo económico y la reducción de la pobreza, en particular mediante la nueva alianza propuesta por EE. UU. para la prosperidad económica de las Américas, cuyo énfasis estaría en apoyar con recursos financieros y de inversión obras de infraestructura y energía renovable.

EE. UU. ofreció aumentar el capital del brazo de inversiones para el sector privado del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), e invitó a los dirigentes empresariales que estaban allí a captar hacia la América Latina las nuevas corrientes de inversiones provenientes de Asia. Cientos de miles de

millones de dólares de inversión extranjera directa están abandonando China y Asia en general, buscando reducir vulnerabilidades y riesgos de permanecer tan alejados de EE. UU., además de la pérdida de competitividad por lo caro de la mano de obra de esa otra zona del mundo.

De igual forma se abordó y se suscribió un acuerdo entre todos sobre cómo lidiar adecuadamente con los desafíos de las nuevas corrientes migratorias.

Todos estos temas de trascendencia continental se abordaron de forma colectiva, y si los planes que se propusieron son ejecutados, esto podría marcar una nueva etapa muy constructiva en las relaciones de EE. UU. con la región. La Administración Biden, distanciándose del Medio Oriente, ha priorizado ponerle atención a Asia y la competencia económica con China en particular y, aunque no lo parezca todavía, darle más importancia a América Latina.

En el ámbito económico esto viene bien. La región enfrenta retos que no se solventarán ni fácil ni en el corto plazo, y requerirán de muy buen tino para salir adelante. La inflación, en parte por la pandemia, pero agravada por la guerra de Rusia contra Ucrania que ha impactado en los precios del petróleo, los alimentos y los insumos agrícolas —en particular los fertilizantes—, el cambio climático, a la par de los niveles altos de endeudamiento para enfrentar las brechas y rezagos que la misma pandemia ha dejado, abren la puerta a tensiones políticas y sociales en la medida que los países se vean enfrentados a demandas y expectativas difíciles de solventar. Tal es el caso de Ecuador en este mismo momento.

De allí que aprovechar el nuevo financiamiento para la región que ofrece EE. UU., las oportunidades de atraer inversión pública hacia energía renovable e infraestructura, y captar inversiones privadas de las que se están moviendo de China a América Latina, está en la orden del día.

En este contexto, el Gobierno de Nicaragua debería valorar cómo mejorar la relación con los EE. UU. y la comunidad internacional democrática, para poder enfrentar los nuevos desafíos y aprovechar al máximo las oportunidades que se abran. La corriente migratoria desproporcionada desde Nicaragua representa una pérdida de capital humano que afecta económica y socialmente al país.

Hay que reconocer la verdadera naturaleza de la problemática que hoy enfrenta la región, y con espíritu constructivo, de forma incluyente, trascender la polarización prevaleciente y buscar juntos una normalización justa y duradera de las condiciones internas, comenzando por la liberación incondicional de todos los presos políticos. Por el bien de Nicaragua y de todos los nicaragüenses.

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