‘’El Inca Garcilaso de la Vega, varón insigne, digno de perpetua memoria, ilustre de sangre, perito en letras, valiente en armas, hijo de Garcilaso de la Vega de las Casas ducales de feria e infantado, y de Isabel Palla, sobrina de Huayna Capac, último emperador de los incas. Comentó la Florida, tradujo a León Hebreo y compuso los comentarios reales, vivió en Córdoba con mucha religión, murió ejemplarmente; dotó esta capilla, enterróse en ella; vinculó sus bienes al sufragio de las ánimas del purgatorio’’.
Este es el epitafio escrito por el Inca y encarga a su hijo Diego de Vargas, sacristán de la catedral cordobesa, para que la instale al fallecer —por una larga enfermedad— en la Capilla de las Ánimas.
Testigo del vasallaje del Incario, con muertes de sus paisanos, de familias, es de línea materna hijo de la Paya princesa, hija del dios Inti, Isabel Chimpu Ocllo (sobrina de Huayna Cápac —el último gran emperador—, nieta del inca Túpac Yupanqui, antepenúltimo gobernante de la dinastía imperial).
Su padre, el capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, descendiente de nobles y del poeta renacentista Garcilaso de la Vega, del Marqués de Santillana, de Garci Sánches de Badajoz, del poeta Jorge Manrique va a crecer y formarse en ambos mundos, de guerras entre pizarristas y almagristas, de la caída, esclavitud y muerte del Imperio Inca ante la codicia del oro, saqueos del reino español.
Nace en el Cozco Cuzco, el ombligo del mundo, un doce de abril de 1539 y muere como español a los 77 años y fue —como todo exiliado añoró regresar al Perú y nunca fue posible y en la lejanía se entera de la muerte de su madre— fiel a sí mismo, al pasado glorioso, a su cultura dada por los Quipucamayoc en la lectura de los Quipus, en la pedagogía de los Amautas y a la educación de los hijos de nobles españoles con preceptores, como Juan de Alcobaza, Juan de Cuéllar, en gramática, latín, doctrina cristiana, retórica, buenas costumbres y juegos ecuestres que las utilizó para reconstruir la historia. Retrospección emotiva, disciplinada al tejer y salvar del olvido al gran Virú.
Viaja al fallecer su padre quien le otorga una herencia de cuatro mil pesos en oro y busca a sus familiares y, pretende cobrar la pensión del padre, Capitán de la Corona, la cual le fue negada, por ser mestizo e hijo ilegítimo: su nombre de bautismo es Gómez Suárez de Figueroa. Se enrola a la lucha contra los moriscos, en los años de 1568-1570 y, obtiene el grado de capitán en Las Alpujarras de Granada, pero, con su tenacidad logra recuperar su apellido paterno y firma sus libros como el Inca Garcilaso De la Vega.
Nunca la vida de los migrantes ha sido fácil, “color de rosa” y al imaginar su salida del Cuzco el 20 de enero de 1560 por los lugares: Anta, Apurímac, Pachacamac, Lima, Cartagena, Panamá, Los Azores, Lisboa, Sevilla, Badajoz y llegar a Montilla-Córdoba, es digno de admiración por su fortaleza. Estuvo al borde de la muerte por naufragio, y bajo el cuido de sus tíos Alonso de Vargas y Luisa Ponce de León, tiene en mente conseguir la pensión de su padre, por lo cual viaja frecuentemente a Madrid, pero se le discrimina por su condición. Imaginemos a más de 500 años estar sujeto a discriminación por el color de piel, condición social; y cómo sería el racismo en plena ebullición, si hoy es tenebroso el desprecio… pero él nunca se amilanó, luchó contra la corriente, al armarse de libros, de bibliotecas y, a aprender nuevas lenguas y realizar traducciones. Esto nos demuestra la tenacidad del cronista investigador, con su sed de conocimientos, curiosidad humana, el cual fue estimulado desde niño y joven cuando estudió con los hijos de españoles pudientes y por los sabios amautas, educadores especiales para los hijos del Inca, quienes le contaron la historia mítica, épica de sus antepasados.
Esas memorias se alimentaron con sus experiencias en tierras españolas y se amplían con sus primeras traducciones, del visionario humanista, al derrumbe, mezcla y nacimientos de nuevos paradigmas. Es inconmensurable su valía de cronista, literato. Como Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare fallece el 23 de abril de 1616 (calendario juliano del reino inglés).
Siempre el sustento económico de los escritores y escritoras y el tiempo para sus creaciones es todo un enigma, deseo, disciplina, tormento o quizás obsesión. No se sabe, solo sé que la disciplina de estos escritores y privaciones les marcaron y no digo renuncias…
Revisar estas “pildoritas de sus vidas” refresca o airea las ganas de insistir en este vicio masoquista… que a la postre a nadie le interesa o mejor dicho a los pocos que están en este laberinto, y el Inca, desde que tengo uso de razón nos acompaña.
El Inca tuvo el apoyo de sus tíos paternos al recibir herencias y contar con el tiempo para la escritura e investigación, con ese gusanillo de la memoria, del registro memorioso y amor, hizo posible, mirar a la distancia, la grandeza de un hombre del siglo XVI. Con sabiduría, hiló los Comentarios Reales, al tejer, la piedra angular, claves para comprender, entendernos en esta época, y no solo al hombre y mujer andinos, de la montaña, sino como puente de interpretaciones de la identidad latinoamericana, hispanoamericana de los pueblos colonizados. Es la primera obra literaria de un escritor mestizo, y es cierto con fabulaciones, cantos de oralidad que ha sido muy criticada por historiadores, es la interpretación ocular de ese hombre que, aún causa indigestión a los puristas académicos y sería justo que se leyera e interpretara en estos tiempos…
Sus recuerdos de niño, de juventud y sentir en la lejanía la evaporación de ese mundo del valor del Imperio Inca, retrospección laboriosa, hilada a los 51 años, que nos muestra la sabiduría del oprimido, su inteligencia, y no esa versión de salvajes, bárbaros y caníbales… Es un grito de esperanza en este y todos los tiempos, de un fiel testigo escritor, que desafió al poder destructor de la desaparición de la cultura, del odio y envidia al Tahuantinsuyo, que nunca se aferró al oro… ¿Qué dolor sentiría el Inca, qué fortaleza y resiliencia emana del dolor? Entiéndase, es padre de las letras del continente americano y tampoco es casual que se prohibieran sus lecturas en los años de 1721, de la rebelión de Túpac Amaru, o que pasara debajo de la mesa, al olvido.
Publica los Comentarios Reales en Lisboa (1609), están divididos en dos partes. En la primera se relata la historia de los incas, al decir de su autor: “La escribí para cumplir la obligación que a la patria y a los parientes maternos se les debía”, la segunda parte se publica en el año 1617 y narra la historia general del Perú, es la defensa de su linaje, es una visión histórica del incanato y, de la conquista por los españoles.
Sus obras conocidas son: Relación de la descendencia del famoso Garci Pérez de Vargas, la traducción del indio de Los tres diálogos de amor de León Hebreo, La Florida del Inca, Primera parte de Los Comentarios Reales, Historia general del Perú, La historia general de las Indias y el Nuevo Mundo de Francisco López de Gómara, anotada por el Inca.
La autora es escritora peruana.