Condeno clara, contundente y enérgicamente la invasión a Ucrania por el gobierno de Rusia encabezado por Vladímir Putin. Es absolutamente injustificable. El pueblo ucraniano no se merece ese sufrimiento, que no lo causa el pueblo ruso. Lo que hacen los gobiernos no siempre responde a la voluntad de los pueblos. He estado en Rusia y en Ucrania, y tengo amigos en ambos países. He tratado con su gente; personas buenas, alegres, hospitalarias, muy educadas y de admirable cultura. Comparten raza, alfabeto, idiomas parecidos y costumbres. Son pueblos hermanos. Dios quiera una pronta paz y su reencuentro fraterno, superando las barreras que la política les ha creado.
Condenar esta invasión es lo correcto. Pero, algunos pueden tener la tentación de condenar “esta” y justificar “otras”, o bien, “olvidar” otras invasiones. Porque he visto gobiernos de países que han encabezado o participado en otras invasiones, que hoy aparecen condenando y aplicando sanciones por la de Ucrania, lo cual no deja de ser paradójico. Además —sin restarle ni un ápice a mi condena a la invasión a Ucrania— debo decir que no apruebo ninguna sanción que afecte a cualquier pueblo, castigándolo por las acciones de su gobierno; en este caso al pueblo ruso que incluso se ha manifestado contra la invasión.
Las protestas por esta invasión están muy bien, pero no las vi igual contra otras invasiones perpetradas por Estados Unidos y sus aliados de Europa. ¿Acaso porque los ucranianos son europeos? Los vietnamitas, iraquíes, filipinos, somalíes, afganos y tantos otros pueblos invadidos también son seres humanos. Pongo un solo ejemplo: la invasión de Irak por el Gobierno de Estados Unidos encabezado por George W. Busch en 2003, con 225 mil soldados, 800 tanques, 600 vehículos de combate de infantería, 600 helicópteros, 900 aviones y cuatro unidades marítimas acompañando a cuatro portaaviones. Respaldada por los gobiernos del Reino Unido, Australia, Polonia, Ucrania, España (durante Aznar), Italia, Dinamarca, Australia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Malta, Chipre, Israel, Kuwait y Colombia (la mayoría miembros de la OTAN). La ocupación militar duró casi nueve años, finalizando hasta el 2011.
Según Bush, Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y apoyaba el terrorismo. La ONU comprobó que no existían tales armas y que el Gobierno de Estados Unidos siempre lo supo. Tampoco probaron ningún apoyo al terrorismo; al contrario, Saddam Hussein tenía encarcelados a los principales líderes de Isis, los que —irónicamente— fueron liberados por las tropas de Estados Unidos.
La invasión no fue aprobada por la ONU, y en consecuencia fue declarada ilegal, como lo señaló el entonces secretario general, Kofi Annan. Nunca se dijo el verdadero motivo: ¿Petróleo? ¿Intereses militares? WikiLeaks hizo públicos los documentos “Irak War Logs” del Departamento de Defensa de Estados Unidos en los que se revela el uso sistemático de crueles torturas contra los iraquíes capturados, y que hubo 109,032 muertos, de los que 66,081, el 63 por ciento, fueron víctimas civiles, incluyendo niños y ancianos.
Condenemos la invasión a Ucrania, pero también las otras. No olvidemos la historia porque cuando la olvidamos nos condenamos a que se repita. Indudablemente las acciones de Putin son condenables; pero, sin minimizar esta condena, recordemos que ningún gobierno de las grandes potencias actúa por el bien de la humanidad, sino por sus propios intereses. Debemos ser solidarios con Ucrania, pero no miremos solo el sufrimiento de los ucranianos. Otros también sufren hoy. Hay guerras también en Siria, Yemen y el Congo. En Afganistán hay una crisis humanitaria con un pueblo hambriento y abandonado por el mundo. En Cisjordania le confiscan sus hogares a los palestinos para levantar asentamientos judíos. ¿Dónde están las noticias sobre todo esto? Hoy Europa abre las puertas a los refugiados de Ucrania. Está muy bien; pero, ¿a cuántos sirios y otros refugiados se las han cerrado? ¡No debemos olvidar la historia ni al resto de la humanidad!
El autor es abogado y comentarista de temas políticos y religioso
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