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Roberto Rivas
Si lo de Daniel Ortega es una revolución como él dice, su principal héroe debería ser Roberto Rivas Reyes. Del expresidente del Consejo Supremo Electoral debería ser el mausoleo donde año con año llegan funcionarios y muchachos uniformados a depositar flores y a oír el mismo discurso del “capitalismo salvaje”, la llegada de William Walker a Nicaragua y los “fíjense bien”. El Consejo Supremo Electoral fue la pieza maestra para que Ortega instalara su dictadura, y Roberto Rivas fue la clave. Sin Roberto Rivas, o alguien igual, Ortega y su familia no estarían en el poder.
Legado
Si esta dictadura fuese coherente, habría una cátedra de Roberto Rivas en sus universidades, y su legado histórico y sus técnicas de “guerrilla electoral” se incluirían en los libros de textos de primaria y secundaria, para que los niños y jóvenes entiendan cómo se forjó esta revolución y, quién sabe, de ahí es que saldrán los nuevos Roberto Rivas que van a perpetuar por siempre el poder de los Ortega Murillo. Le deben tanto a Roberto Rivas, que uno no se explica cómo es que no hay pósteres ni estatuas de él.
Historia
De qué sirve estar celebrando a los muertos de las guerras de los 70 y 80, si los verdaderos artífices de esta revolución, si es que por un par de minutos le aceptamos eso, son los Roberto Rivas, los Byron Jerez, los Wilfredo Navarro, los Gustavo Porras, las Aminta Granera, los Julio César Avilés o los Hernán Estrada, entre otros muchos más. Daniel Ortega debería, urgentemente, cambiar su discurso. Y la historia, por supuesto. Porque bastan tres dedos de frente para entender que no hay sentido entre lo que se celebra como revolución y lo que se hace como revolución.
Rigoberto López Pérez
Imagínese, por ejemplo, la dificultad que tendrá una maestra de primaria para explicarle a uno de sus alumnos por qué se celebra como héroe a Rigoberto López Pérez. ¿Qué pensaría ese muchacho cuando le diga que mató a Somoza García porque llevaba muchos años en el poder, había construido una dictadura familiar y, principalmente, porque tenía intención de reelegirse? ¿Y Daniel Ortega?, pensará o preguntará el muchacho. ¿O es que hay dictadores buenos y dictadores malos? ¿Reelecciones buenas y reelecciones malas? ¿Fraudes electorales buenos y fraudes electorales malos? Y la profesora callará, porque, a partir de ahí, todo lo que diga puede ser usado en su contra.
Cadena
Roberto Rivas fue la llave del Consejo Supremo Electoral. El Consejo Supremo Electoral le asignó a Daniel Ortega los votos que necesitaba para tener mayoría calificada en la Asamblea Nacional. Con la mayoría calificada en la Asamblea Nacional, o sea con más de dos tercios de los votos, se eligen todos los cargos de los otros poderes del Estado que, por supuesto pasaron a su control, y se aprobaron las leyes y reformas que le permitieron hacer de su propiedad a la Policía, al Ejército y cuanto se le vino en gana. Si alguien recurría por inconstitucionalidad o por alguna de sus muchas ilegalidades, ahí estaban los magistrados, escogidos con los votos de sus diputados que a su vez fueron asignados por los votos que les consiguió el Consejo Supremo Electoral, que en su momento dirigía Roberto Rivas, para rechazar y darle siempre, siempre, la razón a Ortega. Todo es una cadena que inició ¿dónde? En un señor llamado Roberto Rivas.
Origen
Claro, a estas alturas se puede decir que si no hubiese sido Roberto Rivas hubiese sido cualquiera. Una Brenda Rocha, un Lumberto Campbell o un Cairo Amador. No. Recordemos el origen de Roberto Rivas y cómo llega al Consejo Supremo Electoral. Él es recomendado del cardenal Miguel Obando, antisandinista en ese momento, y elegido con los votos liberales. Ya sea, por chantaje o prebendas, Rivas aparece haciendo filas con Ortega. Si hasta pañoleta rojinegra lucía en las tarimas. Bastaba que ahí estuviese un Mariano Fiallos para que la historia hubiese sido otra. No sé si mejor o peor, pero otra. Muchas veces en historia, la decisión de un hombre de no someterse ha hecho la diferencia.
Desprecio
No hay mausoleo ni flores ni discursos. Mucho menos habrá estatuas y cátedras de “guerrilla electoral”. Muerto Roberto Rivas, ninguno de los miembros de la familia a quien tanto le sirvió llegó a despedirlo. Ni siquiera una mención en los medios oficiales y en las diatribas del mediodía. No existió. No “pasó a otro plano de vida”. Hasta ellos mismos lo trataron con desprecio. Esa debería ser una lección para todos aquellos que siguen haciéndoles el trabajo sucio para mantenerlos en el poder.
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