Los derechos humanos y la política

Si debe haber una forma de ver y hacer política, considero que esta solo puede ser posible despojándonos de todo aquello que conlleve un privilegio mayor o por encima de las estipulaciones de la ley, y sirviendo a los demás. Solo así siempre he concebido el ejercitarla, por eso creo, y sin menospreciar a las clases políticas de Nicaragua o Centroamérica, incluso algunos casos en Estados Unidos, que en gran parte nuestros gobiernos y estados han fallado porque quienes buscan el poder a través de esta disciplina, lo hacen para enriquecerse olvidándose del espíritu humano y el apostolado auténtico que cada persona en el ejercicio de un cargo público debe implementar. Así nos olvidamos de los derechos humanos de las personas y de los grandes aspectos que se violan cuando estos derechos no se respetan.

Pero también debe darse el ejemplo llevando a la práctica lo que decimos con nuestras acciones, demostrando que es posible no tocar un centavo del erario, estar pendiente de las personas, de los individuos y de sus familias, que sientan que el comisionado (concejal en nuestros países), el alcalde, el diputado, el senador, inclusive el presidente de turno, puede tener canales de comunicación con el ciudadano común y no encumbrarse ni resguardarse en la amplia oficina de aire acondicionado y reuniones de burocracia pura, así se generaría una mayor confianza no solo en la política sino también entre el político y el que lo eligió.

En la actualidad, si bien es cierto nos aqueja la economía nacional como la de la casa, del hogar, por vivir días con represiones institucionales e irrespetos al Estado de derecho de parte de las propias autoridades, cobra notoriedad la defensa de los derechos humanos, y ya con este tema podemos ver cómo la agenda puede absorberse todo el tiempo o gran parte de él, pero es ahí precisamente donde cualquier individuo, y sobre todo el político, debe alzar su bandera y autoproclamarse un defensor de los derechos humanos.

Es inconcebible tanto silencio de muchas instituciones y autoridades a título personal, que han callado por décadas ante tantos abusos del actual régimen de Cuba, por ejemplo, la dictadura más vieja del continente, en donde desde el propio momento en que los barbudos comunistas con Fidel Castro y el Che Guevara a la cabeza se hicieron con el poder, emprendieron una cacería humana encarcelando a medio mundo, y violando sus más elementales derechos, solo por no abrazar la causa de ellos, una causa por cierto criminal y autoritaria y sin embargo, el silencio continúa, se prolonga ante la pasividad inclusive de miles de turistas que van a la isla a vacacionar y se olvidan de que en ese mismo suelo, subsisten centenares de presos políticos.

Este silencio, también aplicado a las violaciones de derechos humanos, se extiende a la Venezuela de grandes riquezas de antaño, a la Bolivia indígena del altiplano andino y a la Nicaragua que tanto nos duele a diario, de tantas lágrimas derramadas en los rostros de sus hijos. Al día de hoy me pregunto si los comunicados o declaraciones de organismos como la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos o la propia Organización de Estados Americanos (OEA), han bastado para que los malhechores cesen de sus violaciones a tanta gente inocente, y tristemente la respuesta inmediata y segura es no. De nada han servido sus pronunciamientos, comunicados y hasta viajes, como por ejemplo el de la señora Michelle Bachelet, relatora de la ONU al Palacio de Miraflores donde se encuentra el dictador Nicolás Maduro.

Algo debe hacerse, algo debe pasar, pero este silencio cómplice no puede seguir, pues resulta inconcebible tanta demagogia, tanto dinero mal utilizado en tantas burocracias y tantas supuestas buenas voluntades de parte de aquellos políticos que jugando a ella, no han logrado mejorar las condiciones de vida de tantas personas que sufren la cárcel en condiciones tan inhumanas y sin motivo que hagan que se les encarcele o condene. Otro ejemplo palpable a la vista de todos, es el de Nicaragua, donde ya han habido muertos por estos falsos señalamientos, y donde si no se hace nada al respecto (o no hacemos), seguirán muriendo en las cárceles siniestras del régimen marxista comunista.

Igualmente podemos decir lo mismo de Venezuela y Bolivia, y del resto del mundo donde el ejercicio noble de la gestión política de la «realpolitik», se olvida de estos grandes temas. Por eso en la actualidad debe replantearse el deseo de entrar a la política, y la comunidad votante de saber a quién elegir. Tal vez así comenzamos a ver la dicha de un mundo mejor para nosotros y para nuestros hijos.

La autora es empresaria, escritora, activista de derechos humanos y líder comunitaria, estadounidense de origen nicaragüense. Actualmente se ha postulado al cargo de comisionada por el Condado de Miami Dade.

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