Fiel en la tentación

Jesús nació y vivió en medio de un mundo complicado, donde la corrupción estaba metida hasta en la misma religión; por eso tuvo que decir Jesús: “Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas… aparecen externamente como hombres religiosos, pero en su interior están llenos de hipocresía y maldad” (Mt. 23, 28).

Ser buena gente en el tiempo de Jesús no era fácil. Era más fácil ser todo lo contrario. La verdad es que nunca ser fiel a Dios y a los hombres fue cosa fácil. El mal se presenta siempre más atractivo que el bien.
A Jesús se le presentaron muchas oportunidades que, si las hubiera aprovechado, seguro que su vida y su misma muerte hubieran sido otras. Sin embargo, Jesús nunca se dejó atrapar por lo atractivo de esas oportunidades.

A Jesús se le presentó la oportunidad de aprovecharse de su condición de Dios y no cayó en esa trampa atractiva. No convirtió las piedras en pan. Prefirió que las piedras siguieran siendo piedras, aunque esas piedras se les convirtieran en pedradas para él mismo (Lc. 4, 3-4).

A Jesús se le presentó la oportunidad de escalar posiciones de poder (Jn. 6, 15), apoyado por el mismo pueblo. Y, sin embargo, huye de esa tentación, porque para él el servicio que libera, estaba por encima de todo poder que oprime (Mc. 10, 42-45).

A Jesús se le presentó la oportunidad de callar con sus milagros a sus mismos enemigos (Mc. 15, 29-32); pero prefirió la fidelidad a su Padre y a sus hermanos, los hombres, antes que caer en esa tentación.

La vida de Jesús es ser fiel y hacer frente a la tentación. La tentación es la fiel compañera del hombre. Hombre y tentación son una unión en el que se hace imposible el divorcio; por eso Jesús nos dijo: “Oren para que no caigan en tentación” (Mt. 6, 13).

Hoy, como ayer Jesús, tenemos que pasar también nosotros por duras pruebas. La tentación del placer, del poder y del tener la tenemos ahí, queramos o no. La tentación es nuestra compañera inseparable y eso hace que no sea fácil la fidelidad.

Optar por la fidelidad tampoco se nos presenta a nosotros como algo fácil; es más fácil lo contrario, pero la fidelidad es el valor de los hombres grandes y libres. El mayor orgullo que puede tener una persona es poder decir con toda verdad que siempre ha sido fiel a la palabra dada y si en algún momento se ha faltado reconocerlo y comenzar de nuevo.

La infidelidad rompe corazones y produce amargura en el alma; pero la fidelidad construye comunión y paz. Por eso nos dice el libro del Apocalipsis: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap. 2, 10).

Y es precisamente en los momentos de cansancio, de desánimo, de oscuridad… es cuando aprovecha el tentador para proponernos con razonables argumentos, que nos encerremos en nosotros mismos, que busquemos nuestro propio interés, que nos refugiemos en el individualismo o en la indiferencia hacia los otros, o esperemos que sean otros o el mismo Dios quien encuentre las soluciones.

Sin embargo, Dios “da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan” (Is. 40, 29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor.

Jesús nos enseña a vencer las tentaciones, llenándonos del Espíritu, orando en todo momento, pidiéndole fortaleza y apoyándonos en la Palabra de Dios. No dejándonos seducir por lo fácil, cómodo y sin sacrificio. Vencer cuesta, pero sí vale la pena.

El autor es sacerdote católico.

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