Bienaventurados

Se podría decir que las Bienaventuranzas (Lc. 6, 20-26) son la carta magna del Reino de Dios, la Buena Noticia que Jesús anuncia a los pobres, la síntesis de las promesas de Dios a Israel y a la humanidad y, por eso, la clave de nuestra auténtica felicidad.

Son asimismo los criterios según los cuales Dios juzga y actúa; criterios opuestos a los del mundo, pues llaman “dichosos” a los que generalmente son considerados “desgraciados”.

Pero hay que tener cuidado para no leer las Bienaventuranzas en clave moralista, pues expresan más bien lo que hace Dios, que a nosotros nos puede parecer imposible.

Dice San Lucas que Jesús, mirando a los discípulos les decía: Dichosos… (Lc. 6, 21) Esto quiere decir que los que siguen a Jesús y se identifican con su manera de ser y proceder, tienen allí expresado en forma de promesas lo que Dios les va a otorgar.

Las Bienaventuranzas señalan cómo actúa Dios. Y ese obrar de Dios en Jesús pasa, por el Espíritu, a ser el fundamento de la Iglesia y el obrar del seguidor de Jesús. Por eso, en Lucas, van dirigidas a los discípulos: ellos pueden comprender porque el Espíritu se lo revela. También nosotros si nos dejamos transformar en ese mismo Espíritu.

Lo que afirma Jesús en las Bienaventuranzas es lo que Él vive. Él las vivió primero y luego las proclamó.

Pobre, se desprendió de apoyos del mundo y vivió haciendo el bien a los enfermos, niños, pecadores. Conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, por ustedes se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 Cor. 8). No tuvo dónde reclinar la cabeza: su patria y hogar eran el Padre y los hermanos. Permitió que la necesidad ajena, el dolor, la culpa ajena le afectaran como algo propio.

Compasivo, supo llorar con los que lloraban y, finalmente, se sometió a la muerte para que, libres de dolor y culpa, tengamos vida. Nos enseñó que hay más felicidad en dar que en recibir (Hech. 20).

La primera Bienaventuranza y la primera lamentación están en presente, las demás en futuro. La historia presente es definitiva, pero está abierta. En esta historia nos toca actuar para que las maldiciones de muerte que pesan sobre los que sufren pobreza, hambre o exclusión, se conviertan en Bienaventuranzas de vida.

Ellas hacen ver cómo mira Dios: cuáles son sus preferencias, dónde manifiesta más su amor y qué justicia aplica en favor de sus hijos que claman ante Él día y noche. Su justicia no es como la humana: Él quita a quien tiene y da al que no tiene para que haya fraternidad, como proclama María en su cántico (Lc. 1,  47-55).

La justicia humana consiste en “dar a cada uno lo suyo”, pero no siempre genera amor y sirve a veces para defender el egoísmo. El amor, en cambio, supera a la justicia. El amor es “el camino más excelente” (1 Cor. 12, 31).

Las Bienaventuranzas son reto y promesa. Reto: porque de ninguna manera son felices los que padecen hambre y miseria; lo serán, cuando por la actitud que tengamos para con ellos sientan que el evangelio es una buena noticia. Promesa porque si orientamos nuestra vida de acuerdo a ellas, seremos felices.

En definitiva, las Bienaventuranzas describen los rasgos de la humanidad nueva que anhelamos y que ya podemos ver realizada en personas y comunidades que se esfuerzan por ser misericordiosas. Estos hombres y mujeres son los que contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz. Y esas personas debemos ser cada uno de nosotros.

El autor sacerdote católico

Opinión
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