Para los cristianos la opción por el hombre es la síntesis de la voluntad divina… Dios optó por el hombre al crearlo y llamarlo a ser hijo suyo. Dios optó por el hombre al hacerse hombre y quiere que nosotros optemos por el hombre.
La causa de Dios y su amor preferido es el hombre, el gozo de Dios es compartir su alegría con los hombres, como dice el libro de los Proverbios (Prov. 8, 31).
Por bien del hombre, de todo hombre, el Hijo de Dios se vistió de nuestra propia carne, se hizo carne con nuestra carne, hombre como cualquiera de los hombres de este mundo.
Toda la vida de Jesús fue un servicio a favor de los hombres. Por amor a los hombres se jugó la vida: cambió la sagrada ley del sábado para salvar al hombre, y los fariseos y herodianos buscaron la manera de quitárselo de en medio (Mc.3, 1-6).
Puso por encima del templo y de sus ritos sagrados la salvación del hombre (Lc. 10, 30-37). Habló claro contra la sociedad que fabrica miseria, pobreza y llanto contra los hombres (Lc. 6, 24-26).
Denunció toda injusticia y muerte que los mismos maestros de la ley llevaban a cabo contra los hombres (Lc. 11, 46-48). Y los escribas y fariseos comenzaron a acusarle implacablemente (Lc. 11, 53).
Ya lo dice el salmista: “Yahvé, Señor nuestro… ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y esplendor” (Salm. 8, 2-10).
Y, a la hora de llamar a quienes iban a ser los responsables de seguir su misión, les dice, como a Pedro: “Vengan conmigo, y les haré llegar a ser pescadores de hombres” (Mc. 1, 17; Lc. 5, 10).
Esta es la misión también de la Iglesia, de todos y cada uno de nosotros, los cristianos: ser una comunidad que tiene como fin principal ser “pescadores de hombres”.
Proclamar a los cuatro vientos que todo ser humano, por el solo hecho de serlo, merece nuestro respeto. Afirmar sin miedo que todo ser humano, sin distinción alguna, vale por sí mismo, por lo que es y no por el traje que se pone.
Luchar para que sea una realidad el que toda persona humana sea estimada y tomada en cuenta por lo que es, por encima de su raza, de su color o condición.
Trabajar para que toda persona humana se desarrolle y crezca como tal y según la alta valoración que Dios le ha dado.
Ayudar a los más olvidados de la tierra, como lo hizo Jesús: brindándoles todos los posibles medios que estén a su alcance para que recuperen su dignidad y animarlos a luchar ellos mismos para que así sea.
Nadie debería hacer daño a otro por ser persona y por su dignidad. Todo debe estar al servicio del ser humano y de su dignidad. La persona humana es sagrada y merece el respeto de todos. Por eso el amor a Dios es amor al prójimo.
Ningunos padres tienen derecho de maltratar a sus hijos, ni ningún hijo tiene derecho de maltratar a sus padres; pero ambos tienen la obligación de construir un hogar en dignidad y armonía en el que los valores del ser humano se hagan presentes en todos ellos. Ninguna cosa, por muy valiosa que sea, puede ponerse por encima del ser humano.
El autor es sacerdote católico.