Vivir con autoridad

Cuando uno tiene fuerza moral en sus palabras y acciones impacta. La gente que escuchaba y veía la manera de actuar de Jesús, “estaba admirada de la autoridad con que hablaba” (Mc.1, 27).

Hoy se suele hablar mucho de la crisis de autoridad. Cuando hablamos de tantos problemas como estamos sufriendo todos, solemos terminar diciendo: “¡Es que no hay autoridad!”

En nuestro lenguaje solemos confundir con mucha frecuencia “autoridad y poder” y la verdad es que son dos cosas distintas; se puede tener mucho poder y no tener autoridad alguna. Jesús no tenía ni quería el poder; pero sí gozaba de una gran autoridad.

Yo creo que lo que nos sobra hoy es poder y lo que nos falta es autoridad. Nos sobra poder porque: Todo se nos pretende o pretendemos imponer a la fuerza. Todo queremos hacerlo a lo macho. Todos tenemos un mucho o un poco de tiranos. Todos tenemos siempre a la mano el látigo de la violencia física, verbal psicológica.

El poder, como decía Jesús, fácilmente degenera en opresión, imposición y dominio sobre el otro; por eso Jesús decía a sus discípulos: “Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes” (Mc.10, 42-43).

Sin embargo, nos falta mucha autoridad: la autoridad convence sin sermonear, sin gritos ni amenazas, sin imposiciones ni opresiones.

La autoridad convence por la coherencia de la vida, por el testimonio de los hechos. La autoridad siempre es creíble porque la palabra va acompañada de la vida. La autoridad es el fruto de la coherencia entre el hablar y el actuar.

La gente se admiraba de Jesús, no porque era un poderoso más como los poderosos de este mundo, sino por su autoridad; su palabra era creíble, como nos dice San Lucas: (Lc. 4, 32) porque entre lo que decía y hacía, se daba una perfecta coherencia. Y San Mateo y San Marcos nos dicen que la gente se asombraba de la doctrina de Jesús porque “les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas” (Mt. 7, 28-29; Mac. 1, 22).

Pero, si la gente se asombraba de la manera nueva de enseñar Jesús (Mc. 1, 27), mucho más “pasmados” se quedaban de su manera de actuar liberando al hombre de sus cadenas, como lo hizo con el hombre poseído por un espíritu inmundo: “Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen” (Mc. 1, 28).

Jesús se ganó su autoridad a pulso, sus palabras siempre iban de acuerdo con su vida, y no como las palabras de los escribas y fariseos “que dicen y no hacen” (Mt. 23, 3).

Este es el gran reto, a la sociedad y a la Iglesia entera, desde el papa al más pequeño de los cristianos: No es con poder como vamos a convencer de la buena noticia de Jesús a este nuestro mundo, sino con la autoridad, la coherencia entre nuestra palabra y nuestro hacer.

Nuestro mundo de hoy necesita menos poder que se imponga por la fuerza y más autoridad que convenza con el testimonio de la vida. El poder, por regla general, atemoriza, esclaviza y vence; la autoridad da confianza, libera y convence.

La autoridad ejercida con el buen trato, la confianza, la tolerancia y el respeto a toda persona aunque no piense como yo es lo que hace la diferencia en la vida. Si así lo hacemos la gente nos acepta y ayuda.

El autor es sacerdote católico.

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