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En el matrimonio los problemas siempre existen

No existe matrimonio sin problemas, pues el que se casa por todo pasa y algunas veces por problemas muy duros y difíciles que llevan hasta el rompimiento de la misma pareja.

Construir un matrimonio, una familia, un hogar… no es fácil. El matrimonio supone y lleva consigo el bello deseo de llevar a cabo la vida en común, “en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad.”

Y construir esa vida en comunión conlleva conciencia de que es una labor que sólo se puede llevar a cabo porque en ambos hay un gran amor, dos corazones unidos en uno.

Llevar a cabo un bello matrimonio es un “arte” que siempre hay que aprender, ejercitar y mejorar. Dios no nos ha creado para ser hombres y mujeres “islas”, sino para caminar en la vida en comunión con los demás.

Por eso, cuando Dios ve que el hombre está sólo, nos dice en el libro del Génesis, que se dijo a sí mismo: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gen.2,18).

El matrimonio es el camino normal que rompe con la soledad y construye nuestro deseo de vivir en comunión: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne” (Gen.2,24).

Si la comunión entre ambos esposos no marcha, vivirán juntos, pero en soledad; no serán felices. Pero, si la comunión entre unos esposos no marcha, tampoco se hará realidad en ellos el decirse mutuamente: “Este sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gen.2,23).

El matrimonio, pues, es opción por vivir en comunión, y vivir en comunión es una labor: de esfuerzo común, de voluntad decidida de ambos, de interés común de caminar juntos en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad.

Los problemas vendrán. Matrimonios sin problemas sólo existen en los cementerios. Pero los problemas entre esposos deben ser siempre oportunidades que se presentan “para madurar más la comunión entre ambos.

Tenemos que tomar conciencia de que vivir juntos, en comunión con el otro y los otros no es fácil. Cada uno somos distintos, pensamos distinto, sentimos distinto… Cada uno es cada uno. Somos iguales, pero diferentes.

Por ello, todo matrimonio debe enriquecerse de esos grandes valores que enriquecen la mutua unión: El esfuerzo por comprenderse y entenderse mutuamente.

Aceptarse mutuamente como son: diferentes; y respetarse con sinceridad el uno al otro en todo momento. Fomentar el diálogo sincero, capaz de llevarles a escucharse y a hablarse con todo amor.

Capacidad para saber y perdonarse, pues, un matrimonio feliz es la unión de dos buenos perdonadores. El gran secreto de la felicidad de unos esposos está en amarse ambos de verdad, con todo el corazón.

Ya lo decía San Pablo a los Corintios: “El amor… todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Cor.13,7). Por encima de todo está el amor.

Lógicamente, un matrimonio creyente debe dejar a Dios que esté siempre presente en sus vidas, como lo estuvo en los esposos de Caná de Galilea. Los problemas siempre existirán; pero, cuando Jesús es un invitado permanente en el hogar (Jn.2,2), nunca les faltará el vino del amor (Jn.2,6-10), la fuerza que jamás nos hará perder la gran joya de la comunión. Para quien ama siempre hay solución.

El autor es sacerdote católico.

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