En Navidad y Año Nuevo por todas partes se escucha la palabra “p” y a todos les deseamos la paz. La paz social, política, familiar y personal es una de los valores más fundamentales que todos deseamos; sin embargo es también uno de los valores que más nos cuesta hacerlos realidad.
Hay problemas y casos en la vida que piden inmediata solución; ante ellos no bastan las palabras; más aún las palabras sobran. Lo que se piden son soluciones concretas e inmediatas. Uno de estos problemas es precisamente la paz.
La paz se nos presenta hoy día como uno de los problemas más urgentes, no sólo en el plano internacional, nacional y familiar, sino también en el plano personal.
No tenemos paz. Vivimos sin paz. La falta de paz política, social, familiar y personal está creando un mundo enfermo psicológicamente:
En muchos rincones de nuestro mundo sigue el conflicto entre los matrimonios y familias. La inseguridad cada día crece más y nos hace vivir intranquilos.
La vida la sentimos cada día más amenazada. Nos hemos vuelto más intolerantes y estallamos de ira y malas palabras por todo y nada. Las estructuras que hemos creado, la falta de solidaridad, el deterioro constante de la vida… está rompiendo nuestra paz.
Ante estos graves problemas no podemos seguir perdiendo el tiempo hablando sobre la paz; hay que empezar a construirla. No podemos seguir enrollándonos con discursos sobre la paz; hay que empezar a hacerla. No podemos seguir llorando y quejándonos de que nos falta la paz; tenemos que empezar a sembrarla.
La paz es un fruto y, para que el fruto se dé, es necesario sembrar la semilla que lo produce y la tierra donde se va a sembrar.
Para preparar la tierra para la paz es necesario quitar de ella todo cuanto le impida poder sembrar y hacer germinar la semilla, como son: Los odios, tanto personales como grupales que nos hacen vivir todavía en la ley del “ojo por ojo”. Todo cuanto huela a violencia, agresión o irrespeto al otro.
Todo cuanto pueda llevarnos a la cultura de la muerte, consecuencia de la injusticia, del hambre, de la falta de pan. Por eso, en este día con toda mi alegría levanto en este día mi oración por la paz.
Cristo nos brinda la paz: “Mi paz les dejo, mi paz les doy” (Jn.12,27). Cristo nos invita a construir la paz: “Bienaventurados los que construyen la paz” (Mt.5,9).
Digamos “sí”: a la justicia y a quienes la siembran. Al corazón y a quienes brindan su amor a los demás. A la solidaridad y a quienes la construyen. A la fraternidad y a quienes la hacen realidad.
A la persona humana y a quienes favorecen su dignidad. Al pan que se comparte y a quienes lo reparten. A la reconciliación y a quienes la facilita. Al entendimiento mutuo y a quienes favorecen el diálogo y la paz.
Dios está donde está la paz. Que en este Año Nuevo la paz no solo sea un deseo de todos y para todos iniciando en nuestro entorno familiar ya social. Que la paz sea un esfuerzo de todos para construirla. Hagamos nuestra la oración de San Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz».
El autor es sacerdote católico.