El pasado 25 de octubre escribí un artículo que titulé “Los ángeles existen”, como un homenaje a mi madre y a todas las madres. En ese momento mi madre estaba muy malita, dos días después Dios la mandó a llamar, no sin antes conceder mi súplica de permitirme llegar a Miami para estar con ella.
En esta ocasión después de pasar por el dolor de su pérdida, quiero compartir con ustedes mis reflexiones después de largas horas de plática virtual con ella. La conclusión a la que he llegado, es la que da título a este artículo. Pues hoy no tengo la menor duda de que la vida eterna que nos prometió el creador es una realidad, aunque posiblemente no como la pintan los artistas o la cantan los poetas.
En estas fechas puedo asegurar sin temor a equivocarme, que no existe un solo ser humano que no añore tener a su lado a ese ser querido que ya no está. En mi caso, el 27 de diciembre de 1973 perdí a mi Tita, mi tía abuela paterna; el 29 de junio del 2018 se me fue mi padre y más recientemente, el pasado 27 de octubre, mi madre. En mis pláticas espirituales con ellos, les pregunto si nos volveremos a ver algún día. En el caso de mi madre, le pido que nos proteja y cuide a mi hermano a mí, a sus nietos y bisnietos. Pero, sobre todo le pido perdón por haberla abandonado tanto tiempo físicamente, aunque siempre mantuvimos una plática electrónica diaria que siempre terminaba con un te quiero, te quiero por parte de ella.
Una de estas noches mientras conversaba tal vez conmigo mismo, le pedí que le pidiera permiso al creador para poder verla y escucharla una vez más, en ese momento escuche el llanto de mi nietecita menor nacida 10 días antes de que su abuelita se fuera al cielo. Ese llanto me hizo reflexionar y llegar a la conclusión de que nuestros seres queridos pueden irse físicamente, pero su alma, su espíritu se queda entre nosotros. En el caso de los míos, tengo la certeza que tienen algo de ellos, la ciencia lo llama ADN. Por ello desde hace varios días cuando veo y escucho el llanto o la risa de Klaus o Mia Guadalupe, mis nietos, no me cabe la menor duda que parte de mi madre está en ellos.
Que, si existe o no la reencarnación o una vida después de esta, la verdad es algo que sinceramente les digo que ya no me desvela. Hoy tengo la certeza de que como mi madre y otros familiares que le precedieron en ese viaje que todos tomaremos algún día, ellos siguen presentes entre nosotros, pues todos tenemos algo de ellos.
En cuanto a cómo vivir con esa ausencia física, sinceramente es algo que todavía no asimilo, pero tendré que aprender a hacerlo.
Antes de finalizar, le deseo a todos mis amigos lo mejor en estas navidades y que en el año nuevo se les cumplan todos sus deseos. Pero por sobre todo, les pido que no olviden abrazar y decirle cuanto lo quieren a ese ser querido que tienen la dicha de tener a su lado.
Termino parafraseando un bello poema escocés: “Podemos llorar porque se ha ido, o podemos sonreír porque tuvimos la dicha de tenerlo. Podemos cerrar los ojos y rezar porque vuelva o podemos abrir los ojos y gozar lo que dejó. Nuestro corazón puede estar vacío porque no lo volveremos a ver, o podremos llenarlo con todo lo que él o ella nos dejó. Lo que no podemos dejar de hacer, es todo aquello que enorgullecería a ese ser querido que vive en nosotros.”
Una vez más, ¡Feliz Navidad y un mejor año a todos!
El autor es comentarista político.