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Hiperión, dios de la luz, la verdad y la libertad

Leí (y disfruté) en el medio digital  Infobae, un artículo del académico argentino Héctor Schamis titulado “Rendijas de libertad”,  publicado el 22 de noviembre pasado.

En este escrito, el profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Georgetown, Estados Unidos, se refiere a las ansias de libertad en Cuba y al respecto dice en un párrafo muy bien logrado:

“La identificación de la luz con los conceptos de bondad, belleza, verdad y la vida misma ha recorrido nuestras tradiciones culturales durante milenios. Los griegos, los textos bíblicos en ambos testamentos y los teólogos medievales, por nombrar algunos ejemplos, veían en la luz la fuerza unificadora del universo, la representación visual de Dios…”

En la mitología griega, Hyperión es el dios primordial de la luz  y, por lo consiguiente, de la verdad y la libertad que dependen de ella. Es que donde no hay luz no se puede ver la realidad y entonces no se conoce la verdad. Y sin verdad no hay libertad.

Hyperión era uno de los Titanes, dioses preolímpicos hijos Urano, el Cielo,  y Gea, la Tierra.

Hyperión se unió con una de sus hermanas, la titánide Tea también llamada Basilea, y de su unión nacieron Helios (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora). Estos, cada uno a su manera y con su correspondiente intensidad, alumbraban al mundo, permitían ver la realidad y saber la verdad para poder vivir en libertad.

Pero los Titanes, según cuenta Hesíodo en Teogonía, se mantenían en lucha permanente entre ellos. Y cuando nacieron Helios, Selene y Eos mostrando su esplendorosa luminosidad, los Titanes sintieron envidia de ellos y de su padre.

Ocurrió entonces que los Titanes urdieron un plan para asesinar a Hyperión y sus hijos, ahogándolos en el río Eridano,  uno de los cinco que pasaban por el mundo de los muertos.

Al saber Basilea de la muerte de su esposo y sus hijos se encolerizó hasta perder la razón. En ese estado recorrió el mundo tocando una cítara y un tambor y bailando frenéticamente sin cesar. Nadie se atrevía a detenerla, hasta que algunos lo hicieron y en ese instante cayó una intensa lluvia acompañada con rayos y truenos. Y entonces la adolorida madre y esposa desapareció para siempre.

Después de la desaparición de Basilea la gente  comenzó a rendirle culto. Le hicieron altares y señalaron un día del año para recordarla saliendo en procesión mientras hacían  sonar tambores y cítaras y bailando como lo hiciera Basilea. Y a las personas con  autoridad de gobierno  comenzaron a llamarlas basileos, que significa reyes, un título que ya se daba al dios Poseidón en la antigua ciudad de Trecén. John Keats, el genial poeta romántico inglés fallecido cuando solo tenía 25 años de edad, escribió en su poema  La caída de Hyperión que este fue sustituido en la iluminación del cielo y la tierra por Apolo, el dios olímpico de la poesía, la música y el conocimiento.

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