En la historia los cristianos se han cuestionado sobre: ¿Cuándo y cómo será el final del recorrido? ¿Qué es lo que Dios nos tiene deparado? ¿Cómo es preciso prepararse? Son algunas de las preguntas que se hacían los primeros cristianos y que afectan en el presente a los seguidores de Jesús (Mc.13, 24-32) y esto no es fácil de entender.
Se puede caer en la tentación de entenderlo al pie de la letra y llegar también a conclusiones falsas, como con frecuencia ha pasado a través de la historia y sigue ocurriendo.
No es raro encontrarnos con gente que, al ver las desgracias que ocurren en el mundo, se sientan futurólogos y, apoyados en las palabras del evangelio, atemoricen a la gente con la llegada del fin del mundo y la idea de un Dios terrible que viene a vengarse de quienes no le han sido fieles.
Jesús habla con un lenguaje escatológico y apocalíptico. Escatológico porque nos habla de un futuro que va a llegar y lo hace con un estilo muy propio del pueblo judío de aquellos tiempos. Apocalíptico porque, a través de un lenguaje
simbólico, nos quiere revelar algo muy importante: que con el presente nos estamos jugando el futuro.
Todo el discurso de Jesús tiene un lenguaje muy especial que era muy propio de la cultura judía de su tiempo. Por eso, quien pretenda entender el evangelio al pie de la letra, seguro que va a llegar a conclusiones falsas.
Jesús nos habla de la llegada de un futuro que se construye en el presente, muchas veces lleno de peligros y contradicciones. Construir el futuro no es fácil, hay momentos en el presente muy duros, tanto a nivel político, como social, económico, familiar y aún religioso.
Los problemas y reveses nos agobian y se presentan cuando menos lo esperamos. Hay momentos en que se nos apaga toda luz y el cielo entero parece que se nos va a caer encima.
Jesús nos llama a la vigilancia para que en esos momentos no caigamos en el desánimo ni tiremos la toalla como la gente sin esperanza, incapaz de mirar más allá de los mismos problemas (Mc.13, 35).
Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes solo necesitan saber a dónde van.
El futuro se construye con el esfuerzo y sudores del presente, como la mujer que va a dar a luz: antes de parir sufre los dolores del parto (Rom. 8, 22-25).
El mañana se construye con los sudores y lágrimas del hoy, con el trabajo agotador del día a día.
Es hoy, cuando construimos lo que mañana será la sociedad en que vivimos. No esperemos un futuro prometedor, si no sembramos hoy la cosecha que lo puede realizar.
Es hoy cuando los jóvenes construyen su mañana. No esperen un futuro bueno, si hoy viven en la irresponsabilidad y la indiferencia, y nada quieren saber de compromisos, pues, no hay pan sin afán.
Es hoy, cuando unos esposos construyen lo que va a ser mañana. No esperen un mañana feliz, si hoy siembran mentiras, engaños, desconfianzas e infidelidades.
Es hoy cuando los padres construyen el mañana de sus hijos. Dejar irresponsablemente este trabajo para después, es arruinarles su futuro. Deben trabajar para que el mundo sea digno de sus hijos.
Es en el hoy, donde solo se alcanza el cielo. Fue en el hoy, muchas veces duro, de la vida de Jesús el que hará posible su triunfo definitivo, su regreso glorioso (Mc.13, 28-29).
Desconocemos cuándo llegará la victoria y el futuro exitoso, como nos dice Jesús (Mc.13, 32).
Lo único que sí sabemos es que solo sembrando se recoge la cosecha.
La suerte del mañana está en las manos de hoy.
Por eso dice el refrán: “El que adelante no mira, atrás se queda”. El futuro se construye en el presente.
El autor es sacerdote católico.