A lo mejor Sandino al ver la Nicaragua actual prefería quedarse como memoria de lucha.
Imagino la pavura que sentiría el general Augusto César Sandino si le permitieran volver a la vida por unos días y ver el contexto actual de Nicaragua. ¿Qué pensaría que entre el opresor del pueblo por el que luchó ya no es un gringo filibustero, la Marina estadounidense o Ronald Reagan, sino una pareja de nicaragüenses que utilizan las memorias de una revolución hace mucho claudicada para justificar sus fines dictatoriales y la violencia de Estado que ejercen contra la población? ¿Le causaría rabia, escepticismo o risa nerviosa enterarse de que existe un partido llamado Frente Sandinista de Liberación Nacional que hoy es acusado de actuar de manera similar a las dictaduras que destrosaron Centroamérica durante casi todo el siglo XX?
Aunque en un país donde siete de los candidatos presidenciales han sido arrestados por “traición a la patria”, otros están en el exilio y la oposición ha sido silenciada a través de acusaciones de “conspiración”, de “incitar y fomentar el odio y la violencia”, el horror de Sandino seguro se disiparía apresuradamente al verse detenido por las fuerzas de un Estado que dice honrar el legado de su nombre. ¿Qué pensaría de verse detenido por una policía macabramente semejante a la Guardia Nacional somocista que lo asesinó a sus 41 años en 1934 luego de salir de una reunión en el Palacio Nacional? ¿Experimentaría el mismo sentimiento de traición, la misma indignación?
Al aprender sobre Daniel Ortega y Rosario Murillo, Sandino quizás pasaría el primer día de su encierro pensando cómo surgió el camino que permitió que uno de los líderes de una revolución que dio tanto a una sociedad, marcada por la inequidad, el intervencionismo y por la dictadura somocista que duró 43 años, hoy quita tanto a ese mismo pueblo.
¿Se preguntaría, quizás, si la silla de Gobierno en Nicaragua viene con una maldición de avaricia y concentración de poder político que hace que cualquiera que la ocupe se tranforme en un monstruoso dictador?
Quizás su encierro lo haría reflexionar sobre la relación entre el poder, el autoritarismo y los movimientos revolucionarios. ¿Son las fallas de los partidos políticos que han nacido de movimientos revolucionarios y guerrilleros un producto y respuesta al sistema neoliberal capitalista que nos vende falsas democracias que cada vez son avaladas por “elecciones libres”? O ¿es que estos eran en el fondo movimientos que, a pesar de los logros concretos en un momento histórico, venían cargados de un legado más profundo de caudillismo, patriarcado y despotismo?
O a lo mejor Sandino al ver la Nicaragua actual prefería quedarse como memoria de lucha. Lo que no dudo es que escupiría con rabia histórica a los políticos y “revolucionarios” convertidos en dictadores que hoy mal usan su legado y su lucha.
*La autora es politóloga guatemalteca de la etnia maya-quiché, graduada en Ciencias Políticas en Tulane University y por concluir doctorado en Yale University