Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua española que patria es la nación propia, nuestra, con la suma de cosas materiales e inmateriales pasadas, presentes y futuras que cautivan la amorosa adhesión de los patriotas. Y es lugar, ciudad o país en que se ha nacido.
Entonces, a los nicaragüenses que amamos a nuestra patria ella nos exige, reclama, que vivamos en paz en concordia, sin egoísmos, sin estarse odiando los unos y los otros, porque así vamos a la destrucción de ella. Es mucho mejor tratar de comprenderse, pues, para eterna memoria. No se puede vivir como en el lejano oeste de EE. UU., tirándose a mansalva y sálvese el que pueda. Eso es demasiada grosería. Si todavía nos queda un ápice de sabiduría, el mejor camino es reflexionar y dejarse de tanta soberbia y prepotencia, de todos los lados, así, nuestra patria se regocijará
mejor.
Ya Platón en el El banquete arguye así: «Un buen practicante debe ser capaz de establecer la amistad y el amor entre los elementos más enemigos del cuerpo» (Pág. 20 Editorial LIBSA S.A Madrid). Efectivamente, es un arte saber alumbrar, regar sobre la paz de la patria, porque la armonía no sería capaz de nacer de cosas que permanecen opuestas, siendo armonía concordancia y no desavenencias. Toda una vida no vamos a estar los nicaragüenses en discordias. Es mucho más ponderado, y, con profundo cariño certero, en estos tiempos difíciles buscar cómo ir mediando, con cultura, y olvidarse de odios, revanchismo, pues la patria nunca se va a acabar, siempre espera, el que es pasajero ligero de equipaje es el hombre, eso es una ley de la vida. Hay que avanzar en estos caminos tortuosos, quebrados, de lo contrario no estaríamos haciendo patria. Todos tenemos derecho a nuestra
patria. No hay que ser hipócrita de este lado o del otro, hay que usar otro tipo de mentalidad, para poder obtener paz, tranquilidad.
Con odio, nada se logra. Mientras que, con respeto y amor se logra la constitución misma de la armonía y ritmo que se le pueda impregnar a las discordias. No hay que perder la esperanza. No hay que hacer diferencias, no abona a nada, solo a quebrantamiento irreparables. Recordemos que la patria, nuestra cotidianidad, es el alma, es una flor exquisita, de vida, que no puede ser sembrada, ni mucho menos cultivada en un plantío de conflictos agobiantes. Requiere, para su desarrollo y existencia un ambiente adecuado, con mucha espiritualidad, en donde se le proporcione los nutrientes adecuados para sobrevivir. De lo contrario, nunca tendremos paz. Hay que buscar la paz, no hagamos una cadena interminable de sueños inconclusos, porque sería egoísmo de nuestra parte.
Aunque se sospecha que en el fondo y trasfondo de la conciencia, quizás un peregrino logre pensar el canto melodioso del mirlo inocente. Como aquella esperanza de todos los tiempos se verá consagrada la armonía de paz, sinceridad, para no cabalgar en cientos de naufragios que posiblemente pueden venir. Ningún nicaragüense quiere guerra.
Veamos ahora, lo que expresa Jaime Pérez Alonso en su Dos dimensiones de la vida: «Porque toda forma de vida se mueve, ineludiblemente, de las tinieblas a la luz. En pos de la esperanza presentada la larva llega hasta el árbol y comienza a escalar con infinita paciencia franciscana hasta alcanzar su lugar exacto bajo el sol». (Pág. 96 Editorial UCA 1996). Oídas estas palabras, vale la pena emborracharse y/o anestesiarse con ellas, para ir tras la honorable paz, concordia, mediante medición con cultura, no con hostilidades de ningún lado. Todo por el bien de la patria que merece nuestro respeto.
El autor es abogado y notario público.