Optar por el amor

El amor no es una filosofía o bella teoría. El amor solo es verdadero en la práctica. El amor se lleva a cabo en las obras, es vida, se manifiesta en la acción.

El amor se hace vida de muchas maneras y una de ellas es “compartiendo” con los demás lo que somos, hacemos y tenemos.

De las primitivas comunidades cristianas de Jerusalén se nos dice que “todos tenían un solo corazón y una sola alma” y, precisamente por eso, “no había entre ellos necesitados, pues todo lo ponían en común” (Hech. 4, 32-35).

La viuda de Sarepta solo tenía un puñado de harina y un poco de aceite; sin embargo, comparte con el profeta confiando plenamente en que mañana Dios le ayudará.

La viuda pobre del evangelio solo tenía unos centavos, pero los pone a disposición de la comunidad creyente, en el cepillo del templo, y merece la alabanza de Jesús.

Y es que quien ha optado en la vida por el amor, opta también por compartir generosamente.

Quien dice que ama y no comparte, es un mentiroso, como quien comparte sin amor, no es cristiano: “Aunque repartiese todo lo que poseo a los pobres y entregase hasta mi propio cuerpo, si no tengo amor, de nada me sirve” (1Cor.13, 3)… “Cuando des algo, dalo de buena gana” (Dt. 15, 10).

Es fácil dar de lo que sobra; pero dar de lo que nos sobra y ya no queremos, eso no es amor.

Dice el libro del Deuteronomio: “No debe haber pobres en medio de ti, mientras Yahvé te dé prosperidad” (Dt.15, 3-11).

Y el libro de los Proverbios nos dice:
“El que se burla del pobre, ofende a su Creador; el que se ríe de un desdichado, no quedará impune” (Prov. 17, 5).

San Pablo nos dice: “Quien siembra con mezquindad, con mezquindad cosechará” (2 Cor. 9.6-8).

Es difícil compartir.  Nada más que la palabra en sí misma, ya parece que nos molesta.

Nos da temor esa palabra porque creemos que nos vamos a quedar sin nada. Quien le teme al compartir, no ha optado en su vida por el amor.

La Sagrada Escritura nos dice: “Dichoso el que piensa en el pobre y en el débil” (Sal. 41, 1). “El que da al pobre, no tendrá pobreza” (Prov. 28, 27).
“Den y se les dará”(Lc. 6, 38).
“Quien da un vaso de agua fresca a uno de los míos… yo les aseguro que no quedará sin recompensa” (Mt. 10, 42).

Cuando damos de nuestro pan y lo repartimos, el pan se multiplica porque, al compartir, hacemos milagros. Pero cuando queremos comeros el pan solos, se nos atraganta e indigesta.

El libro de los Proverbios nos dice: “Hay hombres generosos que aumentan sus riquezas; otros guardan sin necesidad y se empobrecen” (Prov. 11, 24).

Quien no sabe compartir, no sabe amar; quien no quiere compartir, no quiere amar. Todos necesitamos dar y todos necesitamos que nos den.

Nadie es tan rico que nada necesite de los demás. Nadie es tan pobre que nada pueda dar: Compartir no solo es dar pan. Compartir es también y, sobre todo, darse uno mismo.

Compartir es: quitarnos de nuestra boca el pedazo de pan para que también coma el que nada tiene.
Hacer brotar la sonrisa allí donde casi no se puede sonreír. Dar esperanza a aquel que está caído y cree que ya no se puede levantar.

Dar, compartir a quien siente el dolor de la soledad. Dar calor al que siente frío.

Sentirse solidario con los que luchan por un mundo más justo. Poner nuestros valores al servicio de quienes los necesiten. Dar ánimo a quien lo ha perdido.

Dice el libro de los Hechos de los Apóstoles:
“Es más bienaventurado dar que recibir” (Hch. 20, 35).

Quien ha optado en su vida por el amor, siente la necesidad de compartir con el hermano.

El autor es sacerdote católico.

Opinión
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí