Exactamente en seis días se estarán llevando a cabo las elecciones presidenciales más controversiales de nuestra historia, elecciones que nuestros compatriotas en el exterior no terminan de digerir, lo que no parece importarles a los dirigentes de los cinco partidos políticos que le disputan tímidamente la Presidencia al partido de gobierno. Sus candidatos piden nuestro voto asegurando cada uno de ellos ser la mejor opción y todos aseguran que serán los ganadores de la contienda. Lo que me preocupa, es que los dueños de dichos partidos ya se prepearon asegurándose los primeros lugares de las candidaturas a diputados, lo que me hace dudar de sus aseveraciones.
La pregunta a contestar es: ¿Por qué llegamos al 7 de noviembre en estas circunstancias? La repuesta, aunque no le guste a más de uno, es sencilla; porque somos como somos. Después de los sucesos del 19 de abril del 2018, aplaudimos la audacia de un joven durante el primer diálogo nacional, audacia que rompió todos los manuales y tratados sobre cómo conducirse en negociaciones o diálogos. Posteriormente al fracaso de ese primer diálogo, se dio el fenómeno de la incorporación beligerante de varias organizaciones civiles incluyendo a la empresa privada en la vida política nacional, siendo su principal argumento, la descalificación de los partidos políticos opositores. Subsiguientemente, se intentó un segundo diálogo político, sin políticos, que también fracasó.
Al momento de escribir este artículo no hay una sola de dichas organizaciones participando en el actual proceso electoral, pues sus miembros o están en prisión u optaron por el exilio por las razones que todos conocemos.
Para no hacerles más largo el resumen, son los partidos políticos los que a pesar de todas las dudas sobre la legitimidad de las próximas elecciones están participando. Acepto apuestas a que ninguno de los perdedores se atreverá a declarar fraude o algo parecido después del 7 de noviembre. Si mi intuición no me falla y el que a mi juicio es el seguro ganador cumple su promesa de convocar a un tercer diálogo nacional, estaremos ante otra tremebunda controversia que de seguro dividirá las opiniones de la oposición. Puedo asegurarles que los “líderes” en el exilio serán los críticos más feroces contra ese posible diálogo, que como dije antes se producirá si y solo si el ganador de la próxima contienda electoral es el actual jefe del Ejecutivo y cumple su promesa.
Si ese momento llega, revelaremos una vez más por qué somos como somos. Les recuerdo que cuando se tuvo la oportunidad de lograr cambios se desató una presidentitis aguda, el contra quería ser presidente, el campesino igual, más de un burócrata también se les unió, el catedrático también quiso ser presidente, el politólogo no se quedó atrás y puedo asegurarles que ninguno se tomó el tiempo de analizar sus posibilidades y mucho menos considerar y evaluar a quién se estaban enfrentando. Hoy ninguno de ellos se encuentra en la boleta electoral y no los estoy criticando, pero desgraciadamente el camino que conduce al sillón presidencial está empedrado de candidatos con buenas intenciones.
Para finalizar les comento que, durante todo este tiempo, son muchos los que me han abordado diciéndome Ciego (ese era mi seudónimo en la contra), vos que sos tan criticón, cuál es a tu juicio lo que les ha faltado a los políticos opositores. Hasta ahora siempre he evadido la repuesta, pero como ya está por conocerse el final de este nuevo tumbo de nuestra historia, se las voy a revelar:
Les ha faltado imaginación, el diccionario define imaginación como la capacidad o facilidad para concebir ideas, proyectos o creaciones innovadoras. Si usted amigo lector, no puede imaginarse lo que he querido decir con que les ha faltado imaginación, repase los últimos cuarenta y un años de nuestra historia política y se dará cuenta quiénes han sido los más imaginativos.
En cuanto al posible diálogo, por el momento no voy a opinar sobre el mismo, pero les prometo que, si es convocado, emitiré mi opinión la que tendrá mucha imaginación.
El autor es comentarista político.