Dios y el dinero

En nuestro mundo de hoy existen muchos rivales de Dios que, no siendo Dios, pretenden quitarle el puesto. Esto no es cosa de hoy solamente; desde que el hombre existe, ha puesto como Dios lo que solo eran “obras de sus propias manos”, como decía el profeta Oseas (Os.14, 4) y les ha rendido culto y pleitesía. La idolatría ha sido y sigue siendo el gran pecado de los hombres.

Uno de esos rivales de Dios ante quien los hombres se inclinan para adorar y reverenciar es, sin duda alguna, el dinero. El gran ídolo de la humanidad es el dinero y ante él Dios se queda chiquito.

Algunos, sin embargo, como el joven rico, prefieren adorar a Dios y al dinero, a la vez. Adoraba a Yahvé, cumplía sus mandamientos y hasta provoca que Jesús, por ello, le mire con simpatía (Mc.10, 21).

Pero, a su vez adoraba al dinero; por eso, cuando Jesús le dice “vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme” (Mc.10, 21), se fue “apesadumbrado” (Mc.10, 22). Se sintió golpeado.

Quien cree en el Dios de Jesús no puede jugar a adorar a dos dioses. La convivencia del Dios de Jesús y dios-dinero es imposible; son dos dioses rivales, no pueden coexistir juntos. Por eso, Jesús, al ver que el joven se marcha, no tiene más remedio que decir: “Qué difícil le es a un rico entrar en la dinámica del Reinado de Dios” (Mc.10, 23).

Jesús no habla en contra de la riqueza ni contra el dinero, sino contra la riqueza y el dinero que se convierten en dioses y hacen esclavos a los hombres.

El dinero es necesario para la vida y para la muerte, para la salud y la enfermedad, para los niños, los jóvenes y los mayores, para el trabajo y para el ocio, para el hoy y para el mañana.

El mismo Jesús y sus discípulos necesitaron también del dinero. Nos dice San Juan que tenían a uno, a Judas, encargado de la bolsa (Jn.12, 6; 13, 29). Sin dinero estamos pelando y nos vemos incapacitados para todo.

Pero una cosa es que necesitemos el dinero para vivir y otra que vivamos para el dinero. Una cosa es que el dinero sea un instrumento útil para el crecimiento personal, familiar y social, y otra cosa es que le adoremos como el gran dios que rige nuestra vida.

Que pongamos al dinero por encima de Dios, de la justicia, del amor al hermano y aún por encima de nuestra propia familia.

Que nos hinquemos de rodillas ante el dinero y por él caigamos en las más bajas aberraciones de la explotación al otro y de la corrupción.

Que por el dinero rompamos con todos los valores morales y religiosos.

El idólatra del dinero es un esclavo por excelencia ante algo que tiene menos importancia que él mismo y, por lo tanto, es un hombre que deja de ser hombre.

Las palabras de Jesús al joven: “Vende cuanto tienes y dalo a los pobres” (Mc.10, 21), están en íntima conexión con el texto de Lucas en el que Jesús pone como condición a aquel que quiera seguirle, el que lo haga en plenitud de libertad, por encima aún de la misma familia (Lc. 9, 57-62). Y es que a Jesús solo se le puede seguir en plenitud de libertad y sin condicionamientos.

La idolatría al dinero y la esclavitud ante el dinero impiden la comunión con Dios y con el hermano. Quien entiende esto es un sabio (Sab.7, 7-11), quien no, es un pobre hombre y como dice un proverbio: “Hay gente tan pobre, tan pobre, que solo tiene dinero”.

El autor es sacerdote católico.

Opinión Dios idolatría archivo
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