El caso Gerardo Rodríguez o mal paga el diablo a quien bien le sirve

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Gerardo Rodríguez

El caso Gerardo Rodríguez debería ser el espejo en el que se vean todos aquellos que hoy acuerpan, más por un sentido de sobrevivencia que por convicción, al régimen que Daniel Ortega y Rosario Murillo han instalado en Nicaragua. Basta un solo instante de independencia, un discrepar en algo, para ser demolido por la maquinaria trituradora que alimentan. Le sucedió al ahora exmagistrado Gerardo Rodríguez hace unos días, pero les ha sucedido a miles, incluso más cercanos a Ortega, que han quedado en el camino.

Carlos Guadamuz

¿Quién más íntimo que Carlos Guadamuz en la vida de Daniel Ortega? Guadamuz fue amigo de infancia de Ortega, se inició con él en las perrerías revolucionarias, fueron torturados juntos, compartieron cárcel por largos años, exilio, y fueron uña y mugre durante los años 80. Guadamuz vivía para Ortega y Ortega era incondicional a Guadamuz. Todo cambió cuando Guadamuz, en 1996, intentó volar por cuenta propia. Quiso ser alcalde de Managua. Turbas sandinistas lo expulsaron de la radio que dirigía y de la cual aparecía como propietario, Telcor le quitó la frecuencia y el Frente Sandinista lo expulsó. Y el 10 de febrero del 2004, un matón de la antigua Seguridad del Estado lo baleaba a la entrada de la televisora donde tenía un programa. Daniel Ortega no expresó una palabra sobre la muerte de quien fuera su mejor amigo.

Prohibido pensar

Para 2007, cuando Ortega regresó al poder, el sociólogo Oscar René Vargas fue designado como embajador de Nicaragua en Francia. Vargas incluso le salvó la vida en una ocasión a Ortega, cuando en 1967 lo rescató de una casa de seguridad en la que se encontraba escondido, poco antes de que la Guardia de Somoza cayera sobre ella. Antes de irse a Francia, Vargas dijo en una entrevista publicada el domingo en La Prensa, que “pensar trae adversidad”. El lunes, Ortega estaba cancelando su cargo de embajador. Lo mismo sucedió con Margine Gutiérrez, la entonces recién nombrada ministra de Cultura. Dio una entrevista el domingo y el lunes estaba siendo despedida. Quedó claro, tal como lo advirtió Vargas, que en el reino de los Ortega Murillo pensar por cuenta propia trae mucha adversidad.

Amenazas

La lista es larga. Sergio Ramírez, Dora María Téllez, Henry Ruiz, su propio hermano, Humberto Ortega y Rafael Solís, solo por mencionar a los más conocidos. Daniel Ortega no acepta un debate de ideas. La discrepancia la asume como amenaza. Le teme a todo. Y solo se siente empoderado cuando tiene la capacidad de destruir al otro. Basta un ejemplo: la llamada alianza con los empresarios, en realidad nunca fue una alianza entre iguales. Ortega siempre se reservó para sí la capacidad de dañarlos tan pronto ellos manifestaran alguna discrepancia. Tal como sucedió.

Militante

Gerardo Rodríguez —cuentan— fue un muchacho que pasó de los pasillos universitarios a los corredores de la Corte Suprema, como asesor. Nunca litigó ni fue juez, pero llamó la atención de sus jefes, quienes de un solo lo nombraron magistrado de Apelaciones, primero, y poco después presidente del Tribunal de Apelaciones de Managua, sin mayor trámite que convertirse en militante del Frente Sandinista.

Mal pago

Desde entonces defendió al régimen con uñas y dientes. Durante unos años fue asiduo de programas de televisión donde se le veía más orteguista que Ortega. Nadie dudaba que su siguiente paso sería ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia, hasta que tomó una decisión propia de su cargo sin la aprobación de la pareja de dictadores: aceptó, como corresponde, un recurso legal de un partido al que sus jefes quieren desaparecer. Lo destituyeron del cargo, allanaron su casa, le quitaron su pasaporte para que no escape y diga afuera lo que sabe de adentro, y hasta amenazaron con echarlo preso. Mal paga el diablo a quien bien le sirve.

Clones

Lo que debemos entender todos, quienes simpatizan con Ortega y quienes no, es que en el reino de los Ortega Murillo no hay jueces ni magistrados, ni contralores ni superintendentes, ni ministros ni comisionados o generales. Solo son personas que ocupan esos cargos como una extensión de Ortega o de Murillo. Son sus clones los que necesitan. No pueden pensar por cuenta propia, porque en el momento que lo hagan dejan de serlo y se convierten en parias. Los simpatizantes del régimen deben verse en estos espejos y preguntarse si vale la pena vivir con el miedo de que un día los ahorque la misma soga que enseban, y los opositores deberían entender que hay un silencioso descontento entre las filas del régimen que deberían convertir en aliado para acabar con la dictadura.

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