Dmitri Shostakovich o El terror de ser músico

Era una sórdida tarde en Moscú cuando el compositor empacó sus papeles donde recién había plasmado su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk (retitulada Caterina Izmaylova). El frío de ese día, uno más de un enero blanco y brumoso, calaba los huesos del más nórdico habitante del planeta. Dirigió sus pasos titubeantes hacia el pardo edificio donde debía de presentarla.

Pensaba dubitativamente en todos sus conocidos, parientes y amigos encarcelados, asesinados, fustigados en los primeros amaneceres de ese año de 1936.

La música era considerada terrorista, la música era enemiga del sistema, de la revolución, la música era suficiente para ser acusado, denigrado, encarcelado, condenado al ostracismo o fusilado.

Ese arte divino de Afrodita, Apolo y Artemisa, de Orfeo, de Cárites, Dionisio, Hermes, Lino, Polimnia y Terpsícore se había convertido, por arte de magia, en algo grotesco y ofensivo.

El politburó encabezado por Stalin, dentro de las murallas del Kremlin, se había burlado de los dioses y los amaestrados temerosos camaradas que le rodeaban, peores aún por su inaudita cobardía y adulación, aplaudían las decisiones aberradas de su jefe convirtiendo a uno de los países más prolíferos en el arte musical, en un despilfarro caprichoso de basura, destruyendo lo más sublime que sale del alma del artista para volverlo en lo más asqueroso que sale del cuerpo.

No lo podemos comprender, dijeron los dioses del Olimpo asustados y asintieron con la cabeza todos aquellos que tenían oídos para oír. El regalo divino de ellos se volvió de pronto en un regalo diabólico. La lira que tomaba Apolo se convirtió en mentira y en odio y repugnancia el aulós y la kithara de Orfeo.

Vladimiro I ese rey pagano de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, el Rus de Kiev del S. X, saturado de amores carnales, le fascinó el cristianismo ortodoxo bizantino cuando necesitando salvar su alma busca a Dios en múltiples religiones y viene a encontrarla en la catedral de Santa Sofía en Constantinopla después que sus emisarios se la describen con tanta belleza que no sabían si estaban en el cielo o en la tierra. Elección que dio, no por erudiciones teológicas sino, por la belleza artística del lugar.

Destruir el arte y a su hacedor, al que produce la música, la poesía, la novela, la pintura el teatro por simples caprichos políticos, religiosos, o simplemente personales, es uno de los actos demoníacos más devastadores de la civilización. Premio que se ha llevado el comunismo universal en Rusia, en China, en Corea del Norte, en Cuba y en aquellos países que han coqueteado con él.

Dmitri Shostakovich sobrevivió sufriendo el desprecio, el desprestigio, el continuo temor de ser asesinado o encarcelado desde aquella noche de enero de 1936 donde se le helaron los huesos más por el miedo que por el frío invernal ruso, al ver a Stalin y a su coro de ángeles negros que como verdugos implacables de la belleza de los dioses contemplaban sentados en el teatro con ironía macabra, su obra del alma, su regalo mitológico, así como sus 15 sinfonías, sus conciertos, trabajos de cámara, cuartetos y obras musicales de cine que terminaron con su Viola Sonata antes de entregar su vida el 9 de agosto de 1975. Algunas de ellas elaboradas sufriendo su enfermedad paralizante y peor aún, casi todas, bajo la presión terrorista de los que se creían y que todavía se creen los elegidos de los pueblos, los dioses sin cielo.

Mientras vivas alégrate,

que nada te perturbe.

Tu vida es demasiado corta

y el tiempo se cobra su derecho

(epitafio de una tumba abandonada del Siglo I d.C.)

El autor es médico y cirujano.

Opinión músico archivo
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