En 1985, la periodista norteamericana Shirley Christian escribió un libro sobre la caída de Anastasio Somoza, la toma del poder por parte del Frente Sandinista y la posterior lucha de la Resistencia Nicaragüense. Según la crítica internacional, es el más completo e imparcial relato sobre esa etapa de nuestra historia.
El título que escogió Christian para su libro fue Revolución en la familia. Treinta y seis años después, nos encontramos enfrentados a unas elecciones que después de muchas vicisitudes y sufrimientos por parte de nuestro pueblo, terminaron convirtiéndose en unas elecciones entre familias.
¿Cómo llegamos a esto? Yo diría que por la intransigencia, la falta de visión, la soberbia y sobre todo por la ambición de muchos dirigentes opositores que al final terminaron quedando fuera del proceso electoral. Contra todo pronóstico y a pesar del sinnúmero de calificativos que se han usado para descalificarlas, aparentemente terminarán realizándose, a ella asisten los siguientes partidos políticos: Partido Liberal Constitucionalista (PLC), Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), Alianza por la República (Apre), Partido Liberal Independiente (PLI), Camino Cristiano Nicaragüense (CCN), el partido regional Yatama y, por supuesto, el Frente Sandinista en el poder.
El pasado 1 de septiembre se hizo pública la lista de candidatos a presidente, vicepresidente, diputados nacionales y departamentales. Tremenda sorpresa me he llevado al conocer los nombres de los candidatos, ya que el amiguismo, el prebendarismo y sobre todo la relación familiar entre los candidatos que van en posiciones que se consideran ganadoras es más que evidente.
Pregunto: ¿cómo esperan los candidatos presidenciales de los diferentes partidos “opositores” entusiasmar al pueblo para que salga a votar en unas elecciones con esas características? Les juro que no tengo la menor idea, aunque se me ocurren algunos eslóganes de campaña que podrían decir más o menos lo siguiente: voten por mí para presidente y por mi hijo para diputado, o voten por mí para presidente y mis hermanos y hermanas para diputados y diputadas. Otro podría ser: voten por mí para presidente y por mis amigos para diputados. Puedo asegurarles que, si a alguien se le ocurre investigar dónde estaban antes de hoy los hijos, las hijas, los primos o los amigotes de esos candidatos, se llevarán una tremenda sorpresa con lo que descubrirán.
Vuelvo a preguntar: ¿Habrá alguna conexión entre el gobierno y la decisión de los representantes de esos partidos, para que pusieran a sus familias en esas posiciones?
Como dice el maestro León Núñez, yo no opino. Lo que sí puedo asegurarles es que más de uno ríe a carcajadas en El Carmen, cuando estos candidatos aseguran que derrotarán el 7 de noviembre al partido de gobierno.
No me digan fatalista por lo que voy a expresar, pero el lunes 6 de septiembre que se publique este artículo faltarán sesenta días exactos para las elecciones y no veo por ningún lado la mínima posibilidad de que la Organización de Estados Americanos(OEA), la Unión Europea o los Estados Unidos se aventuren a declarar las elecciones de ilegítimas, ya que eso equivaldría a desconocer a los electos y los comprometería a involucrarse de lleno en la reestructuración de nuestro rumbo político, algo que no creo que estén dispuestos a hacer después de la experiencia de Afganistán y la forma en cómo terminó fraccionada nuestra oposición.
Lo más triste después de todo lo expuesto, es que les estamos heredando a nuestros hijos una patria y un futuro en el que no merecen vivir. Solamente haciendo un alto en el camino para desechar a un montón de seudoopositores y siendo más responsables con nuestras obligaciones como ciudadanos podremos aspirar a un futuro en democracia. Por lo pronto, no sigamos fabricando líderes que luego nos decepcionan y dejemos que estos emerjan por sus propios méritos.
Termino parafraseando dos pensamientos que, aunque disímiles y expresados en diferentes épocas, denotan la férrea voluntad de quienes en su momento los expresaron: Hagamos lo que tengamos que hacer, lo peor que nos puede pasar es perder la voluntad de luchar porque Nicaragua vuelva a ser República.
El autor es analista político.