Algunos doctrinarios de la política dicen que, más que de mentalidad autoritaria, de lo que se debe hablar es de pasión autoritaria.
La mentalidad, dice el Diccionario de la Lengua Española, es el “modo de pensar o configuración mental de una persona”. Y también, el “conjunto de opiniones y representaciones mentales propios de una colectividad”.
De manera que la mentalidad autoritaria es propia de una persona, un partido político o un poder estatal.
Por otra parte, el mismo diccionario dice que la pasión es una “perturbación o afecto desordenado del ánimo”, así como un “apetito de algo o afición vehemente a ello”. O sea que en este caso se refiere al poder político que se ejerce de manera autoritaria.
En sentido práctico y en la vida común y corriente, dice el sociólogo y escritor español Amando de Miguel en un artículo publicado en Libertad Digital, “la mentalidad autoritaria se basa en el esfuerzo, constante y general, de imponer la razón de cada uno a los demás. Cuando esa acción se ejerce desde el poder, el resultado es el autoritarismo. Naturalmente, es una conclusión mucho más patente en las dictaduras y más sutil e indirecta en las democracias”. Y agrega que “una expresión típica del autoritarismo es la censura; (que) se ejerce a las claras en las dictaduras y, de forma sinuosa o indirecta, en las democracias”.
Queda claro que el autoritarismo es propio de la naturaleza humana y por eso está presente en todas las comunidades, en todas las sociedades, en todos los países independientemente de sus culturas y grado de desarrollo, y en todos los sistemas políticos, incluyendo a la democracia. Solo que en los regímenes autoritarios y dictaduras el autoritarismo es abierto y descarado, y en los sistemas democráticos es solapado.
Lo bueno de la democracia es que por su naturaleza, su estructura institucional y su ideología, los impulsos autoritarios de los líderes son mantenidos a raya por el funcionamiento del Estado de derecho, la libertad de expresión y de prensa, la separación y contrapeso de poderes, la rendición de cuentas y el control social del poder. La reciente experiencia de Estados Unidos (EE. UU.) con el presidente autoritario Donald Trump es una buena prueba de esto.
En consonancia con lo dicho por Amando de Miguel, el enciclopedista político y estadista ecuatoriano Rodrigo Borja asegura que el “autoritarismo, entendido como voluntad de poder… es un fenómeno muy complicado que se forma de la combinación de elementos psicológicos y políticos”.
Borja explica que la palabra autoritarismo deriva del concepto de autoridad, pero esta se refiere a “una facultad de mando jurídicamente reglada”, en tanto que la primera, autoritarismo, “denota la tendencia a imponer un poder abusivo e ilimitado en la sociedad. Para decirlo en otras palabras: mientras que la autoridad es el ejercicio legítimo del poder o el ejercicio del poder legítimo, el autoritarismo está asociado con la arbitrariedad, la ilegitimidad y la antidemocracia”.
Precisamente a esto se refería Pablo Antonio Cuadra Cardenal (PAC) en su ensayo Reflexiones sobre la Independencia que publicó hace cincuenta años, el cual comentamos el miércoles 1 de septiembre en este mismo espacio editorial.