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Unidad
De repente se dejó de hablar de unidad. ¿Se acuerdan hace tres años cuando todos, o casi todos, estábamos claros que para cualquier cambio en Nicaragua era preciso la unidad de todos, o casi todos, los que quisieran ese cambio? Lo sabían los de derecha, los de centro y los de izquierda. Sobre todo, lo sabía Daniel Ortega y su gente. Luego vinieron las diferencias. Es normal en un entorno democrático, se dijo. Después los insultos. Ahí ya iba fea la cosa. Unidad se volvió mala palabra para algunos. Hasta que finalmente llegó a un punto donde parecía que el principal propósito opositor era hacer estallar la unidad como si en eso se le fuera la vida, cuando, por el contrario, significaba su muerte. Un suicidio difícil de explicar.
Autogol
Tampoco vamos a negar que Daniel Ortega hizo lo suyo. Desbaratar la unidad era tan importante para el régimen de Ortega como la vehemencia con que algunas personas y grupos opositores luchaban contra ella. Lo que sucede es que desde el punto de vista de Ortega es totalmente comprensible su animadversión hacia la unidad opositora. Desde el punto de vista de la oposición, al menos para mí, era inexplicable. Era como que un equipo de futbol esté más empeñado en meter goles en su propia portería que en la de su rival.
Cálculos
Obviamente había, y hay, muchos agentes del régimen disfrazados de opositores. Esto es así. Pero también había, y los hay aún, opositores que de buena fe consideran que deben ser selectivos. Tal vez por la propia premisa con que comienzo este párrafo. Muchos partían de que el grupo opositor que quedara en pie iba a recoger todo el descontento que existe contra el régimen de Ortega, y ¿qué sentido tenía compartir la victoria con los diferentes, si se podían llevar todo de la mesa y hacer solo con los suyos ese país más parecido a lo que ellos quieren? Cuentas de la lechera.
Camino
Vuelvo a este tema, a riesgo de resultar repetitivo, porque considero que la unidad no era solo un asunto electoral. La unidad sigue siendo un imperativo en la solución a la crisis que vive Nicaragua. Es un asunto de reconocer nuestras diferencias, que son legítimas, y encontrar los puntos comunes que también existen para establecer canales de comunicación que permitan construir un camino a la Nicaragua que queremos. Con todo y esas diferencias. La unidad no es la solución a los problemas, es la vía, el camino, para hallar las respuestas.
Razones
Un amigo bien informado relataba que la abrupta arremetida de Daniel Ortega contra la oposición se debió en gran parte a que los más importantes grupos opositores estaban a última hora dispuestos a bajarse de su mula, guardar las piedras en el salbeque, y llegar a las elecciones con una posición, sino unitaria, al menos coordinada: o iban juntos en la única casilla que quedaba, la de CxL, y con un solo candidato respaldado por todos, o todos juntos se levantaban de la mesa. Había conversaciones. Eso, según este amigo, aterrorizó a Ortega y lo obligó a sacar, por todo y todo, su plan previo para una situación extrema: eliminar a los partidos opositores y echar presos a los candidatos que le adversaban para quedarse haciendo unas elecciones de una sola cara. La suya.
Deuda
Lo anterior no salda, sin embargo, la deuda que los grupos opositores tienen. La unidad opositora era necesaria para establecer un equilibrio de poder que impidiera, o al menos contuviera, a Ortega en todo lo que ha hecho, y si Nicaragua está, así como está, es principalmente porque el régimen está dispuesto a todo para permanecer en el poder, pero también porque no hubo oposición que, en unidad, se le enfrentara. Y esto último, más que por desencuentros ideológicos, estuvo determinado por egos inflamados y cálculos personales.
Lecciones
Uno esperaría que a estas alturas la lección esté aprendida. Que el costo pagado por los malos cálculos es demasiado grande para seguir empecinados en ellos. Miren nomás cuántas ideas distintas, que se decían irreconciliables, terminaron reunidas en el Chipote. Que la unidad sigue siendo imprescindible para construir una Nicaragua distinta. Y hay que decirlo una y otra vez, a riesgo de resultar repetitivo y que los “antiunidad” se molesten. Igual le molesta al régimen. Hay que volver a hablar de unidad. Que vuelva a ser “buena palabra”. Y si le molesta al régimen es bastante probable que por ahí es la cosa.
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