La mentira más cruel de todas

Es norma de las personas violentas que, para justificar sus agresiones, digan que el agredido les provocó. Que el agredido o agredida fue el primero en ejercer la violencia. Que hay muchas clases de violencia y que no solo es de la de los gritos, las ofensas y los golpes. Eso dicen quienes suelen levantar el puño, enrabietados como niños que aún no han aprendido a lidiar con frustraciones y contrariedades.

La gestión emocional de los impulsos violentos es una asignatura pendiente de toda la humanidad, que conlleva un trabajo integral. El problema en algunos países, como Nicaragua, es que quienes ejerzan el poder sean los agresores. Es entonces cuando se pone en marcha el aparato de comunicación maquiavélico que convierte al agresor en una especie de víctima al que no le queda otro remedio que golpear, encarcelar, exiliar o matar. Y todas sus acciones están justificadas en el marco de una conspiración mundial contra la soberanía de un país-gobierno revolucionario por sus grandísimos logros en acabar con la pobreza.

Es norma también que en las relaciones donde opera la violencia se crea una codependencia inicial de la víctima y su agresor. Así como el agresor se justifica, la víctima puede a veces justificarle, con la esperanza vana de que este cambie y modifique el patrón de sus reacciones. Uno quiere ver lo que quiere ver y no ve lo que no quiere.

Las justificaciones pueden ser tan machaconas que el agredido o la agredida llegue a pensar que realmente es él o ella quien provoca tamaña violencia. Y que, si modifica sus comportamientos, esa violencia cesará. La violencia necesita a la mentira para mantenerse y la mentira a la violencia. Sin embargo, una verdad no necesita repetirse muchas veces, como dijo Gandhi, porque se abre paso y permanece, porque es identificable a través del mismo instinto humano que la identifica cuando se revela.

No así la mentira. La mentira necesita ampararse en la repetición hasta el extremo de la locura. Repetir, repetir, repetir es la única manera de sobrevivencia para la mentira. Los discursos, por ejemplo, de la vicepresidenta de Nicaragua, que quedarán para análisis de profesionales de este ámbito de la salud mental, están plagados de mantras y repeticiones de palabras espejo. Son esos términos que se han empleado para calificar al agresor y que, este, utiliza a su vez para calificar a la víctima. “Si me dices que yo soy violento, vos lo sos más, vos sos el violento”. Inmediatamente, las palabras espejo se deforman y terminan, ya no convertidas en ofensas, sino en un disfraz macabro, como quien viste de princesa al cadáver de una niña que ha matado. Es entonces cuando surge la reconversión desquiciada en que el agresor termina diciendo: “Mi violencia es amor, es mi forma de amarte”.

Hay una cosa que no se debe olvidar: la violencia puede disfrazarse, ampararse en la mentira, adquirir mil formas siniestras, reconvertirse o sofisticarse, pero carece de imaginación y de ingenio. Por eso, en esos discursos, las comparaciones espurias, las palabras trucadas, los insultos, todo ello, se mezcla con términos religiosos y apelaciones a valores y conceptos nobles. Las cartas furibundas a cancillerías de países que han mostrado su preocupación por la deriva de Nicaragua, contienen tantos errores de sintaxis, ortografía y gramática en general, que solo pueden estar escritas desde el calor de la violencia, que empaña y ciega, que se reconcentra en el egoísmo acomplejado de su propia esencia.

El régimen no solo ejerce la violencia por la mentira de palabras y frases repetidas hasta la saciedad, sino también a través del ocultamiento de la verdad. Una de las mentiras más criminales es la de la falta de datos reales de la pandemia de Covid-19. A estas alturas, cada quien tiene al menos un familiar, o varios, allegados, conocidos, amigos o vecinos, que han sufrido el virus. Esa es una verdad reconocible y evidente, que no necesita repetirse y machacarse con eslóganes. Todo mundo lo percibe tal cual. Así que el empeño por amedrentar al personal sanitario que levanta su voz, o por ocultar las cifras reales y presumibles, solo responde a la mirada egoísta y criminal. Criminal porque los datos en salud pública son claves. Sin datos reales, es muy difícil dar respuesta con base en las necesidades reales. Y actualmente los datos de Nicaragua no se reportan como lo hacen el resto de países de la región. Y los pocos que se reportan muestran un desbalance absolutamente increíble desde el punto de vista geográfico, social y de sentido común. La pandemia se lleva muchas vidas, pero la mentira coadyuva a la muerte.

El autor es periodista.

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