El acto ciudadano de votar está íntimamente vinculado a la decisión de elegir. Pero esto no siempre ni en todas partes es así. En algunos lugares se puede votar, pero no elegir.
Donde hay democracia los ciudadanos eligen a sus gobernantes y representantes mediante los votos que depositan en las urnas electorales. Los votos en general son respetados y se le acreditan a la persona o candidato por el cual ha sufragado el ciudadano.
Pero donde no hay democracia se realizan elecciones, regularmente, pero el voto de las personas no vale para elegir. Solo sirve para confirmar a los candidatos designados desde arriba.
Los países no democráticos tienen sistemas electorales, pero son fraudulentos, de manera que los votos depositados no se asignan a los candidatos por los cuales votaron los ciudadanos, sino a los que quieran los que detentan el poder.
Un caso ejemplar de fraude electoral en la historia política de Nicaragua, fue lo que ocurrió en la elección presidencial de 1947. Participaron solo dos candidatos, uno era Leonardo Argüello, designado por el dictador Anastasio Somoza García quien planeaba tenerlo como títere por algún tiempo, hasta volverse a reelegir. El otro fue Enoc Aguado, quien representaba a la oposición.
Aguado ganó ampliamente la elección, pero el tribunal electoral somocista invirtió los resultados de la votación: los votos de Aguado se los asignó a Argüello y los de este al candidato opositor.
Pero como en política ocurren a veces grandes sorpresas, después de que fue designado por el tribunal electoral somocista Leonardo Argüello no quiso ser títere de Somoza y más bien lo destituyó de la jefatura de la Guardia Nacional. Entonces, apenas 27 días después de que Argüello tomó posesión del cargo, Somoza lo declaró loco, le dio un golpe militar y lo sacó del poder.
Pero Argüello nunca renunció, como quería Somoza. Se asiló en la Embajada de México y permaneció allí seis meses, al cabo de los cuales se fue al exilio en ese país donde murió poco después.
En realidad, durante el somocismo prácticamente en todas las elecciones la gente iba a votar, pero no podía elegir.
Otro caso particularmente representativo de esa situación fue el de las elecciones del 1 de septiembre de 1974. Esa vez el dictador Anastasio Somoza Debayle —hijo del anterior—, prohibió los partidos opositores e hizo una supuesta elección amarrada con un sector conservador zancudo. Los pocos que fueron a votar solo esto pudieron hacer, no eligieron porque las votaciones estaban arregladas a favor de Somoza.
Lo mismo ocurrió en la primera elección que hizo el régimen sandinista de los años ochenta, en 1984. A la verdadera oposición no se le permitió participar, solo lo hicieron el FSLN y sus partidos aliados en el Frente Patriótico de la Revolución. Y entonces la gente votó, pero no eligió, porque la elección había sido programada para que la ganara Daniel Ortega.
Fue hasta en 1990, que por las circunstancias nacionales y externas las elecciones fueron competitivas y los ciudadanos eligieron a doña Violeta Barrios de Chamorro para que impulsara la transición a la democracia.
Después hubo tres elecciones en las cuales la gente votó y eligió, pero la tercera la ganó Ortega por el pacto con Arnoldo Alemán y gracias a la división del voto liberal. Y de nuevo el país volvió al sistema electoral que permite votar, pero de ninguna manera elegir.