El pasado jueves 19 de agosto, el título del Editorial de LA PRENSA: En lo electoral todo está consumado. Título con el que estoy totalmente de acuerdo. La pregunta del millón de dólares es, ¿cómo llegamos a esto? (que consideremos que todo está consumado). Muy sencillo, por la intransigencia, testarudez, ceguera y exclusivismo de algunos dirigentes de partidos políticos seguidos por más de una agrupación social que incursionó en política con dirigentes que en su mayoría se sentían indispensables o dueños absolutos de la verdad.
De estos algunos guardan prisión, otros picaron espuelas y están a buen resguardo en el extranjero y los que se han quedado, optaron por la clandestinidad, pero como me dijo un amigo, la diferencia es que los que optaron por la clandestinidad en los setenta, lo hacían para conspirar contra el Gobierno y los que optan por la clandestinidad hoy, lo hacen para ocultarse únicamente, apreciación con la que estoy totalmente de acuerdo.
Pero en realidad, el propósito de este artículo, no es lloriquear por la realidad política que estamos enfrentando, sino más bien hacer aterrizar a quienes estando a buen recaudo con la mejor de las intenciones, pero con un pésimo conocimiento de lo que estamos viviendo dentro de nuestras fronteras, nos envían vía Facebook, WhatsApp o por medio de periódicos de sus localidades soluciones que ni Mandrake el Mago podría convertirlas en realidad.
Dicho esto, paso a compartirles las opciones que según mi humilde opinión tenemos los que hasta ahora nos hemos quedado en Nicaragua. Primero: la oposición que actualmente existe es la estrictamente electoral, es decir la que nos ofertarán los partidos políticos que quedan compitiendo en las elecciones del próximo 7 de noviembre. Está por verse hasta dónde se empujarán los diferentes candidatos presidenciales para entusiasmarnos a salir a votar. La interrogante es, votamos o no votamos, pero, ¿qué pasa si votamos y los resultados que darán a conocer los encargados de contar nuestro voto es contrario a nuestra apreciación? O si, por el contrario, no votamos, ¿cuál va a ser la actitud a seguir cuando se dé a conocer el resultado? Una tercera opción que queda es reclamar la ilegitimidad del proceso. Esta última solo tendría algún efecto si la comunidad internacional las declarara ilegítimas, algo que yo no veo venir, después de ver la debacle en Afganistán, donde hay muchas cosas que me huelen más que mal. No es posible que después de veinte años y dos mil millones de dólares gastados sobre la mesa, venga el presidente Biden a decir que los afganos no pelearon y que no se merecen el mundo que ellos, los norteamericanos y europeos les ofrecieron.
En mi artículo antes de este, expresé que ya era hora de recuperar las riendas de nuestro destino, porque como están las cosas creo que vamos a tener que tragarnos el sapo de las elecciones y para evitar más pedradas de las que los iluminados o Rambos me lanzarán, no voy a emitir opinión sobre qué actitud se debe tomar. Lo que sí desde ya les adelanto, es que por mucha prepotencia y superioridad que aparenta el Gobierno ellos mejor que nadie conocen su realidad y pueden estar seguros que saben que el triunfo que les asegura el Editorial de LA PRENSA no puede sostenerse en el tiempo de la forma que están manejando el Gobierno, porque como dice un refrán popular, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
Para finalizar, les comparto un trozo del Editorial que inspiró este escrito: “Lo más probable es que a partir de enero del próximo año se planteará una nueva coyuntura política, mejor dicho, otro acto de la misma tragedia nacional, en la que se tendrá que hablar nuevamente de elecciones libres para abrir el camino para una nueva transición democrática. Para sacar a Nicaragua de la crisis y reconstruir la convivencia pacífica, respetuosa y libre de los nicaragüenses. Y seguramente se volverá a hablar de adelantar las elecciones o de una constituyente que son los instrumentos políticos idóneos para resolver las crisis de convivencia nacional. Ya veremos”. Fin de cita.
El autor es analista político.