Es importante caer en la cuenta que la fe no solo es alegría y motivación, no solo es vida y es también cultura, la fe es libertad, esperanza, entrega, sacrificio, amor. Y una persona de fe sabe que esta conlleva a tomar decisiones
Ante Jesús es necesario decidirse. Nosotros fácilmente huimos de nuestras responsabilidades. Nos cuidamos demasiado la espalda.
No queremos complicarnos demasiado la vida por nada ni por nadie. Nos lavamos las manos para evadirnos de todo compromiso. Somos demasiado superficiales y timoratos. Le tememos al riesgo.
Hoy en día hace falta gente capaz de ponerse al servicio de los demás desinteresadamente. De gente que ponga su vida en beneficio de los otros. De gente con ideales altruistas. De gente con compromiso decidido por los demás.
A la hora de tomar decisiones que puedan comprometer nuestra vida: O nos excusamos como los invitados a las bodas de la parábola de Jesús (Mt. 22, 1-14). O damos la espalda como el joven rico (Mt. 19, 16-22). O protestamos con evasiones diciendo como los discípulos: “Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn. 6, 60).
Josué les pide a las tribus de Israel que se decidan de una vez por todas: O se van tras los ídolos o sirven al Señor (Jos. 24, 19-20). El pueblo entero se decidió por Yahvé y gritó: “Serviremos al Señor porque Él es nuestro Dios” (Jos. 24, 24).
Jesús exige a los doce en el evangelio de hoy que se decidan de una vez para siempre también: “¿También ustedes quieren irse?” (Jn. 6, 67).
Los doce, con Pedro a la cabeza se deciden por Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn. 6, 68).
También Jesús nos invita constantemente a nosotros a que nos decidamos: No se puede creer en Dios y vivir como ateos. No se puede ser cristiano y vivir como pagano.
Hay diferentes formas de marcharnos. La más radical es la de olvidarnos de todo lo que hace referencia a Jesús y al Evangelio.
También hay formas más refinadas, como relegar la experiencia de Dios a lo más íntimo del corazón, pero sin que se nos note y sin influir absolutamente nada en la vida de cada día.
Para otros la fe es una realidad que transformada, o mejor deformada, en simple religiosidad la sacan a pasear en ocasiones como eventos religiosos y situaciones de dificultad como el miedo ante la enfermedad o la muerte.
Es una forma cómoda de vivir lo religioso, que no nos impide contemporizar con una sociedad que se aparta frecuentemente de los valores del Evangelio, pero que no tiene nada que ver con Jesucristo.
La fe cristiana no se impone. La fe se propone. La libertad es fundamental en el seguimiento de Jesús, nuestro único Maestro. Los cristianos somos la Comunidad que come y bebe con Jesús en la mesa de la Eucaristía. Una realidad sacramental que no mira exclusivamente a lo que sucedió en la última Cena y en la Cruz, como nostálgicos del pasado, sino que nos proyecta hacia la otra orilla de esa Vida Eterna, plenitud del Reino, que nos promete el mismo Jesús.
La fe no es una realidad que se incorpora como un añadido a nuestra vida, sino una forma diferente de ser y de vivir, que llena de gozo, alegría y esperanza al creyente. Es abrirse a una visión nueva y positiva del mundo en el que nos ha tocado vivir.
El autor es sacerdote católico.