Un recurso turístico en el olvido

Actualmente en nuestro país se promueve por todos los medios de comunicación el turismo como una necesidad para el desarrollo de la economía nacional, se promueven sitios y lugares de paisajes maravillosos, comidas típicas y atípicas, artesanías, tejidos, cerámicas, madera, expresiones folclóricas, fiesta y en fin todo lo que parece de beneficio para incentivar el turismo rural y convencional en esta tierra bendita de Dios.

Pero, ¡qué lastima!, que estando a tan solo 20 kilómetros de Managua y frente a Masaya, la Ciudad de las Flores y Cuna del Folklore nacional, la legendaria laguna de Lenderí, hoy “Masaya”, no se pueda promover como tal en este rubro porque está contaminada… es decir, esta desahuciada, qué lastima que aún no se busquen formas de sanearla. Sería conveniente considerar la recuperación de sus aguas, bien sabemos que es una empresa costosa y difícil, pero no imposible, se necesita de varios actores que, con el corazón abierto, pongan su buena voluntad para iniciar este proceso; es un recurso valioso no solo para el turismo sino para el bien colectivo de la región o del país.

La laguna de Masaya es un sitio donde lo bello se vuelve una inquietante inspiración, donde se vive la experiencia de un mundo desconocido anhelado e intuido que parece descifrarse, en un momento así lo entendemos cuando el primer cronista español Fernández de Oviedo la visitó el 25 de julio de 1528 y dijo: “No había visto en la región cosa tan hermosa como este Lago de Lenderí”.

Hoy una mediana laguna de 8 km de extensión circundada por una babilónica muralla de 80 metros de altura a cuyas plantas se levantan los chilamates, enredados con los matapalos, parecen semejantes a cúpulas de estrellas en las noches de luna, conformando entre sí un conjunto ecológico bajo el que se refugia sentado en su camalote el nocturno pescador quien luego de haber tirado el anzuelo al agua deja escapar la mirada en la lontananza buscando ver con su propios ojos al “ovnis” que aquí amariza trayendo extraterrestres que llegan a ver el fuego del volcán.

Teniendo en cuenta esta y toda la importancia que este olvidado recurso de ser saneado, nosotros yo creo como ya lo expresé que el Intur, las alcaldías vecinas, los gestores y empresas de turismo como ciudadanos de buena voluntad, deberían de hacer un esfuerzo para recuperarla, ella ofrece muchísimas oportunidades para implementar un buen proyecto turístico. ¿A cuántos turistas no les agradaría salir de las rutas convencionales para adentrarse a nuevas experiencias?, refugiarse en la paz y el encanto de esta laguna, conocer sus secretos, navegar en un pequeño bote practicando la pesca artesanal, gozar de un bello atardecer frente a un bosque seco tropical, ¡muy paradisiaco!

Valga la redundancia, la laguna de Masaya con sus mitos y leyendas es una referencia mágica para el turismo rural y convencional también, estas, si se escribieran enriquecerían mucho la literatura popular, pues son producto de la filosofía de viejos y lejanos ancestros que cuando se perciben con el pensamiento se transforman en sentimientos, ejemplo: El resedal, Guadalupe, La piedra caballo de la Chú Rayo, las doncellitas de Nandayure y Nimboja, el Encanto de la princesa Acal Xiu que en las noches de plenilunio se desliza sobre las aguas con su aurífera cabellera suelta al viento y sus brazos extendidos como ansiosa de sublimes placeres reflejando entre un manto del tul transparente en el limpio cristal, su lívida belleza, y exhalando gritos lagrimeos que claman por Quicho, el príncipe dueño de su corazón a quien en el éxtasis de una noche de glamour y ensueño se lo arrebatara en un rapto de amor el embrujo de la laguna.

En síntesis, eso es este bello lugar hoy olvidado que entre la ficción y la realidad es siempre cautivante, un verdadero misterio de la naturaleza —vale la pena recuperarlo—, en Nindirí cuando irrumpe el alba tras la serranía, la linfa Lenderiana, tan linda como la flor del matorral, igual que la ninfa de la antigua Grecia que del Monte Parnaso bajaba a la fuente Castalia para purificarse en sus aguas, así ella baja del pueblo a lavar la ropa y purificarse también, luego que pasa el día bajo un cielo constelado de luz y cristal, sube por las escaleras, perfumada de heliotropos y resedos, bien ablusionada, ¡dejando en el agua su fragancia de mujer!

El autor es poeta e historiador.

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