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Reclamos
¿Hay alguna forma de que los nicaragüenses puedan salir a protestar contra el gobierno sin que sea culpa de Estados Unidos o de una conspiración imperialista internacional? ¿Puede un ciudadano tener opinión propia, querer otro tipo de gobierno, y no ser considerado agente extranjero, enemigo de Nicaragua? Si usted conoce alguna forma, dígala, porque hasta ahora yo nunca he visto en este régimen reconocer alguno de sus muchos errores y, desde ahí, reconocer igualmente el legítimo derecho que tiene la población a reclamar por ello.
Comodín
No voy a ponerme aquí a negar lo intereses o simpatías que puede tener Estados Unidos en un gobierno afín en Nicaragua, o en cualquier país del mundo. Ni voy a negar que pueda estar trabajando abierta o subrepticiamente por ello. Así actúan las potencias desde el principio de los tiempos, sin que signifique que está bien lo que hacen. Igual lo hace Rusia, China, e incluso países como Venezuela y Cuba. Esa sería otra discusión. Pero tampoco se puede negar que algunos gobiernos usan la “injerencia imperialista” como un comodín para descalificar cualquier manifestación de descontento ciudadano. De tal forma que, desde esta narrativa, el “pueblo” nunca se expresa en contra de ellos sino es con la voz del “imperio” actuando como ventrílocuo.
Premisa perversa
Es una narrativa repetitiva y ramplona. Parte de varias ficciones pseudorreligiosas. Así como antes los faraones y los reyes se revelaban representantes de Dios, cuando no Dios mismo, estos dicen ser el “pueblo”. No ven, no oyen. No lo necesitan. Para saber qué piensa el pueblo les basta escuchar sus propios pensamientos. El resto, si los contradice, son solo enemigos. Y así como un rey decía que el Estado era él, por aquí dicen la soberanía soy yo, Nicaragua soy yo. Así establecen una premisa perversa donde oponerse a ellos es atentar contra el “pueblo” y buscar un cambio de gobierno es “golpe de Estado” o “traición a la Patria”.
Represión
Nada de esto debería ser mayor problema, porque la verdad es muy difícil que alguien se crea este cuento. El problema es que estas “premisas perversas” las usan estos gobiernos para reprimir violentamente las protestas. Garrotean, encarcelan o matan a manifestantes. Hacen leyes para encarcelar a opositores. Despliegan una movilización militar, con armas de guerra, tropas y patrullas como si estuvieran en una guerra. Todo se justifica en esa “injerencia extranjera”, “el golpe de Estado”, y las “traiciones a la patria”, sin que puedan o quieran ver el reclamo de los ciudadanos que quieren llevar la vida de otra manera de la que le han impuesto. “¡El dragón, el dragón, el dragón!”, gritan señalando a la paloma insumisa. Sucede en Cuba, en Venezuela y en Nicaragua.
“Yo no fui”
¿Cuándo fue la última vez que usted oyó a este gobierno reconociendo algún error propio? Haga memoria. En mi registro de los últimos 14 años tengo… a ver… Cero veces. ¡Nunca! Ni siquiera lo hizo cuando dijo que había caído un meteorito sobre Managua y la Nasa lo desmintió vergonzosamente. Mucho menos que vayan a aceptar, aunque sea una parte de la culpa en la crisis que vive el país. Según esta narrativa las víctimas solo fueron sandinistas, la caída en picada de la economía se debió a los tranques y nada tuvo que ver la represión, los paramilitares, los exiliados, los encarcelados, el asedio y el estado de sitio de hecho que vive el país. Es la estrategia del “yo no fui” tan vieja como las revoluciones. Y si en los años 80 la culpa de todo era, primero, de “los 45 años de dictadura somocista”, luego de “la guerra de agresión”; después fue de “los 16 años de gobiernos liberales” y ahora del “intento de golpe de Estado del 2018”.
Errores
Mucho de lo que sucede en Nicaragua, Venezuela o Cuba es consecuencia de los errores de sus gobiernos, al igual que lo sucedido en Colombia, Guatemala, México o El Salvador, para ampliar la lista. No hay gobierno perfecto. Lo que hay son algunos que asumen algunos de sus errores y otros ninguno. Y si no se reconoce el origen de los problemas, pues van a dar respuestas equivocadas y agravar más el asunto. Daniel Ortega no es “la soberanía”, ni el “Estado” y mucho menos la “Patria”. Ni todos los reclamos están fraguados desde Estados Unidos o Europa. No reconocer las contradicciones internas que tiene una sociedad es hacer un país inviable. Echar presos a opositores bajo estas premisas es como que un médico crea que se puede curar una migraña amputando una pierna. El problema seguirá, solo que agravado.
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