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Discurso
Imagínense, los gobiernos de Argentina y México, que por afinidad ideológica se han hecho de la vista gorda o han alcahueteado comportamientos dictatoriales, tienen que reconocer ahora que, así como está, Nicaragua no puede ir a elecciones, al menos creíbles. Y contradecir, aunque sea un poco, el discurso de sus socios, les costó una airada reacción del gobierno de Nicaragua que no acepta menos que su verdad repetida con puntos y comas: “Que aquí se ejecutó un intento de golpe de estado, que los sandinistas son solo las víctimas, y los opositores son los asesinos pagados en un plan previo de Estados Unidos para desestabilizar el buen gobierno de Nicaragua”.
Inverosímil
El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo debería entender a estas alturas que resulta muy difícil, incluso para sus socios, casarse con el discurso oficial que ya no solo está despegado de la realidad, sino que la contradice descaradamente. Decir que aquí son las leyes aplicándose por parejo, que los opositores presos están en la cárcel por delincuentes y no por cálculos políticos, y que vamos a unas elecciones libres, resulta tan verosímil como decir que el plomo flota, que los pájaros le tiran a las escopetas o que la tierra es plana.
Métodos
Tras el conflicto mortal entre dictadura y democracia, en Nicaragua está en juego también una apuesta visible: la rebelión pacífica contra la violencia bruta. Lo que suceda aquí animará o desanimará a muchos, de cualquiera de los dos bandos, en otras partes del mundo, para solucionar sus contradicciones. Dicen para afuera que ningún país debe entrometerse en la solución de la crisis que vivimos en Nicaragua, pero tampoco dejan que seamos los nicaragüenses quienes decidamos el futuro del país en elecciones libres y justas. ¿Entonces?
¿Elecciones?
¿Qué elecciones serían estas con todos los principales posibles candidatos opositores presos? ¿Sin observación electoral, con partidos opositores inhibidos y con la Policía patrullando en las calles en busca de manifestaciones públicas y haciendo redadas de opositores por las noches? Para entendernos claro: si estas elecciones fueran una pelea de boxeo serían unas donde una de las partes escogió entre sus amigotes leales al árbitro, a todos los jueces de las esquinas, escribió las reglas a su conveniencia y como le dio la gana y, todavía temeroso de un imprevisto, pidió que a su contrincante se lo amarraran de manos y pies a las cuerdas para golpearlo tranquilamente sin arriesgar nada.
Justicia
Si el régimen de Ortega y Murillo dice que lo apoya la mayoría de nicaragüenses, pues vamos a elecciones libres y justas que lo demuestren. Sin inhibiciones y con observación de terceros, al menos. Si dicen que la violencia, los asesinos, están de lado de quienes protestaron y ellos son las víctimas, que se disponga una investigación imparcial, de expertos confiables para ambos lados, que determine quién hizo qué y en base a eso se castigue o se absuelva. El punto, señores, es que no se trata de imponer ningún discurso o “verdad” a la fuerza, sino de demostrarla. Si Daniel Ortega, o quien su partido designe, gana en elecciones libres, pues toca aceptar esa realidad. Si alguien de los llamados “azul y blanco” cometió un asesinato durante la rebelión, debe pagar por ello. Y viceversa, por supuesto.
Venganza
Lo que no se puede hacer es condenar a los adversarios, por el hecho de serlo, y absolver a los del equipo propio por las mismas razones. Ese es el discurso inverosímil. Eso no es justicia. Es venganza. Brutalidad. Y es ese discurso que lleva tantas veces a declarar como injerencia a los extranjeros que no se lo creen simplemente porque las piezas no encajan y, en el peor de los casos, a la cárcel a los nicaragüenses que lo contradicen.
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