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Enio era la diosa de la guerra en la mitología griega y Belona en la romana. Enio era hermana gemela de Ares, el dios griego de la guerra, de la misma manera que para los romanos Belona era hermana de Marte.
Enio (Horror) se encargaba de preparar el carro de combate de Ares cada vez que iba a la guerra, a la que ella lo acompañaba escoltada por Fobos, el Terror, y Deimos, el Dolor. “Destructora de ciudades”, llamó Homero a Enio.
En el templo de Ares en Atenas había una gran estatua de Enio a la que se le rendía un culto de sangre. Ante ella los hombres se hacían heridas en los brazos para que se derramara la sangre. Lo mismo se hacía colectivamente en las procesiones que realizaban en su honor. Creían que derramando su sangre la diosa les concedería los favores que le pedían.
Como dato histórico se conoce que la estatua de Enio fue hecha por Praxíteles, el más importante y célebre escultor ateniense del siglo IV antes de Cristo. Otras de sus esculturas famosas fueron la de Hermes con Dioniso niño, encontrada en Olimpia en 1877, y la Afrodita de Cnido, de tamaño natural y de la cual se dice que fue la primera imagen de esta diosa representada desnuda.
Ante la estatua de Enio en el templo de Ares desfilaban los hombres cuando iban a la guerra, y los líderes militares se reunían allí para discutir y aprobar las estrategias bélicas.
También en las ciudades de Tebas y Orcómeno se rendía un especial culto a Enio. En Tebas se celebraba en su honor el festival Homolois. Este festival se llamaba así porque se hacía frente a la puerta Homolois, de Tebas, que tenía ese nombre para honrar a una hija de Niobe, la nieta de Zeus que se convirtió en piedra por el dolor que le causó la muerte de sus hijos.
En la mitología romana, la diosa de la guerra al parecer tenía más importancia que la de Grecia, pues Belona tenía su propio templo en Roma, no lo compartía con Marte.
Dice el mitólogo francés Jean Francois Michel Noël, que en el templo de Belona en Roma se reunía el Senado cuando iba a declarar la guerra, lo que era frecuente. Y también recibía allí a los embajadores extranjeros.
El templo de Belona fue erigido por disposición del cónsul y censor Apio Claudio (el ciego), en conmemoración de la victoria de Roma en la guerra contra Pirro, rey de Epiro. El templo estaba ricamente adornado y una multitud de sacerdotes llamados belonarios se encargaba del culto, encabezados por un sumo sacerdote.
En los ritos de Belona los belonarios se hacían cortaduras en los brazos y la sangre que recogían de las heridas se la ofrecían a la diosa en sacrificio. Con el paso del tiempo las heridas solo eran simuladas y se usaba la sangre de los animales para los sacrificios. Pero el emperador Cómodo, célebre por su paranoia y crueldad, ordenó que las heridas de los belonarios volvieran a ser reales.
El sumo sacerdote de Belona debía ser escogido entre la más alta nobleza y su dignidad sacerdotal era vitalicia. Según escribió el viajero, geógrafo e historiador griego Estrabón, el servicio del templo de Belona en Roma estaba integrado por un ejército de más de seis mil personas.
Por su parte Michel Noël dice que los romanos imaginaban a Belona corriendo de un lugar a otro en los combates, sofocada, con los cabellos alborotados, brotando fuego de sus ojos y chasqueando su látigo ensangrentado.
Se conoce que Roma habría librado unas noventa guerras en total, entre ellas cuatro civiles. Pero los gobernantes no guerreaban contra su propia gente, como hacen algunos en la actualidad, solo por defender su poder absoluto y su corrupción.