La reciente aprobación de la Reforma Electoral en la Asamblea Nacional controlada por el FSLN, la elección de magistrados del Poder Electoral con apoyo de la oposición y la divulgación del calendario electoral para los comicios del 7 de noviembre ponen contra el reloj a la oposición nicaragüense.
La anhelada unidad pareciera estar en aquella condición que Arturo Pérez-Reverte dice: “Ya hay un momento en que todo se estanca… la esperanza se desvanece”. Durante tres años —desde el comienzo de la insurrección de abril— sabíamos que íbamos a llegar al año electoral 2021, cuando no logramos las elecciones adelantadas. Incluso, desde el fraude electoral del 2012 entendimos que el FSLN al mando de Daniel Ortega y Rosario Murillo tenía pretensiones dinásticas, se consolidaron con casi la totalidad de las municipalidades y encontraron aliados a la simbiosis Estado-partido.
Fue cuando muchos intelectuales y políticos comenzaron el discurso de la unidad y del abstencionismo al no darse condiciones para procesos electorales creíbles y transparentes. Ingenuidad era pensar que estas elecciones iban a cumplir con las reglas básicas de la democracia, menos con un régimen acusado de crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, hablar de unidad se tornó imperativo para salir de Ortega hasta que hubo asesinados, presos políticos y exiliados. Un costo que quienes traban la unidad desconocen en carne propia.
Ahora que la dictadura ha colocado a la oposición contra reloj se oyen las voces desesperantes de que la unidad tiene que darse; por supuesto, debe haber unidad y sin condicionamientos de las partes para que de ello surja algo excesivamente empático con el dolor del pueblo nicaragüense. No se trata de considerar cuántos espacios se ceden y cuántos logramos, nos referimos a que la democratización de Nicaragua pasa por una refundación, a saber, si es necesaria una nueva Constitución, pero pensar en la comodidad de las fuerzas políticas es secundario. ¡Sacar a Ortega-Murillo es la prioridad!
Por ello, seguiremos insistiendo en que no es el momento de las ideologías ni de sus agendas propias, es el tiempo del sentido de nación. Después de la salida de Ortega y de haber logrado la tan anhelada y prioritaria justicia, pensaremos en cada una de las demandas de los grupos. La experiencia de 1990 demostró que sí es posible convivir y que por el país estamos dispuestos a deponer los proyectos partidarios o sociales.
La unidad sí exige que quien aspire a competir con Ortega en la boleta sea la persona más idónea, que goce de aceptación del pueblo. No es quien tenga la simpatía de organizaciones o grupos sociales de cinco o diez personas. La candidatura única es la que el pueblo dice en las avenidas, en los barrios, en las paradas de buses, en los mercados y en la diáspora.
El autor es exiliado nicaragüense.