Hécate, la diosa de las brujas

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Hécate era una diosa ctónica, como se les llama a las antiguas divinidades del mundo subterráneo. Se cree que procedía de Caria, antigua región helénica de la actual Turquía cuya ciudad principal era Halicarnaso.

Hécate, según Hesíodo era hija del titán Perses, que representaba al mismo tiempo la destrucción y la paz, y de la titánide Asteria, diosa de los oráculos nocturnos y de la magia.

En la Teogonía, Hesíodo concede a Hécate un párrafo relativamente grande. Dice que “entre todas fue honrada por Zeus, pues le ofreció brillantes dones: tener su parte de la tierra y del infecundo mar. También participa del honor del estrellado cielo, y por los inmortales dioses es honrada en el más alto grado. Y ahora, cuando algunos de los terrenales hombres, haciendo sacrificios bellos según la norma propicia, invocan a Hécate; y mucho honor los acompaña, fácilmente la diosa muy bien dispuesta recibirá las súplicas, y también felicidad les concede, dado que tiene poder”.

Pero Hécate se caracteriza por su naturaleza cambiante a través del tiempo. Por eso en distintos lugares era confundida con otras diosas, como Artemisa y Selene.

A pesar de ser hija de dos Titanes, los que hicieron la guerra contra los dioses del Olimpo por el poder del universo, Zeus fue generoso con ella y le permitió prodigar beneficios en diversos campos. Por ejemplo, Hécate concedía la facilidad de palabra en juicios y asambleas, ayudaba a conseguir la victoria en competencias deportivas y en la guerra. E igual que Artemisa, era una diosa nutricia, pues patrocinaba la alimentación y protegía a los bebés.

Sin embargo, por alguna razón que no se explica, el atributo de Hécate como bienhechora se fue desvaneciendo y en su lugar apareció una divinidad sombría e inquietante. Y terminó en diosa de los hechizos y de la magia negra.

Hécate se aparecía a los brujos durante las noches oscuras, en forma de animal, y los orientaba en la preparación de sus brebajes. Y en las noches de luna se le veía, a veces, en las encrucijadas de los caminos.

Habiendo dejado de ser una diosa bienhechora Hécate se hizo patrona de los muertos y se le pedía ayuda para evitar y curar la locura. Y siempre estaba presente, pero sin ser vista, en el momento del nacimiento y de la muerte de los humanos.

Hécate infundía mucho temor, se creía que se enojaba con facilidad y para aplacar su ira, en las encrucijadas de los caminos le ponían los restos de los animales sacrificados en las ofrendas a otros dioses.

La gente imaginaba a esta nueva Hécate como un ser físicamente monstruoso que tenía tres cuerpos, en las manos de uno llevaba una copa, en la de otro un cántaro y en las del tercero, una antorcha.

En las noches más oscuras Hécate vagaba por la tierra acompañada por una jauría de perros fantasmales que ladraban y aullaban espantosamente. Ella causaba los terrores nocturnos de la gente, se presentaba de diferentes formas y se aparecía sobre todo a las mujeres y los niños.

Era, pues, Hécate, una diosa de lo oculto y la hechicería. A ella le rendían culto los magos y las brujas, que le ofrecían en sacrificio cadáveres de corderos y perros de color negro. Y decían, quienes la adoraban, que a veces, mientras le hacían los sacrificios se les aparecía con una antorcha en la mano, o en forma de animales como yegua, perra, loba, etc.

Hécate se ayuntó con Forcis, un monstruo marino hijo de Ponto (el Mar) y Gea (la Tierra), y de él tuvo a Escila, otro monstruo del mar. También Hécate se unió con Eetes, el rey brujo de la Cólquide (la actual Georgia, en el Cáucaso), y tuvo de él a Circe y Medea, famosas hechiceras mitológicas.

Eso ocurría en la remota antigüedad. Pero, aunque parezca mentira, también ahora personas que creen en esas cosas siniestras y las practican para hacer el mal a las personas, a veces a todo un pueblo.

Opinión Titanes archivo
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