Entre el temor y la alegría

El temor y la alegría son la experiencia con Cristo Resucitado: “No teman” (Mt 28, 5.10; Mc 16, 6; Lc 24, 38), “y se llenaron de alegría” (Mt 28, 8; Lc 24, 41. 52; Jn 20, 20).

Temor y alegría nunca han sido buenos compañeros, como tampoco lo son luz y oscuridad. La alegría se hace presente cuando desaparece el temor. Como la luz aparece, cuando se oculta la oscuridad.

El temor, el miedo, es un instinto natural que surge en la persona humana, cuando la vida o sus bienes se ven amenazados. Pero el miedo, cuando deja de ser señal de peligro para convertirse en cadena que esclaviza, no nos deja vivir en paz.

Hoy sonreímos poco porque sobreabunda el miedo y el temor: el miedo está en nuestros niños, en los jóvenes y en los mayores. Los fantasmas del miedo abundan hoy en nuestra sociedad más que la alegría

La violencia verbal y física desatada en el mundo de la política, en la sociedad, en nuestras relaciones con los demás nos atemoriza y conmueve. El miedo a la inseguridad está ahí todos los días haciéndose presente.

Cuando el miedo cambia de personal a social, ese miedo social destruye las economías, las familias y la convivencia ciudadana creando, a su vez, inseguridad en todos los campos en los que nos movemos.

El miedo social nos encarcela, nos hace vivir prisioneros en nuestra propia casa y nos lleva a vivir enrejados, aparentemente libres, pero realmente presos.

Los apóstoles, ante la muerte de Jesús, se encerraron en sí mismos, llenos de miedo (Jn 20, 19). ¡El miedo les anuló!

Por eso, el primer mensaje de Jesús resucitado a los suyos fue quitarles el miedo: “¿Por qué se turban?… Soy yo mismo” (Lc 24, 38).

Jesús y el miedo nunca fueron buenos amigos. Allí donde aparece el miedo, allí está Jesús luchando contra él para que no se convierta en cadena que oprime ni rompa la esperanza:

Ante la tempestad que sufren los apóstoles, llenos de miedo, Jesús les dice: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (Mat 8, 26).

Ante la misión que Jesús da a los suyos, Jesús les advierte: “No tengan miedo… Lo que yo les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la luz… No teman a los que matan el cuerpo” (Mat 10, 26-28).

Cuando los discípulos que están navegando en su barca, ven a lo lejos del mar que alguien se les acerca andando por las aguas, ellos se llenan de miedo porque creen que es un fantasma; pero Jesús les da una voz y les dice: “¡Ánimo!, soy yo; no teman” (Mat 14, 22-27).

Cuando Jesús, una vez resucitado, se aparece a las mujeres, les dice: “No teman. Vayan, avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mat 28, 10).

Cuando a Jairo le avisan que su hija ha muerto, Jesús le dice: “No temas; solamente ten fe” (Mc 5, 35-36).

—Nuestro Dios no es Dios de temor ni infunde miedos; por eso, siempre está en contra de quienes amenazan la vida o sus bienes. Por eso, dice San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre…? En todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó… (Rom 8, 35.39).

Solo cuando el miedo desaparezca y rompamos sus cadenas, podremos sentir la paz que da la alegría, como pasó con los apóstoles al ver a Jesús resucitado (Lc 24, 41).

Los cristianos estamos llamados a romper toda clase de cadenas y, por tanto, también las cadenas del miedo, porque somos “testigos de la vida, del Resucitado” (Lc 24, 48).

La alegría de ver cómo el crucificado ha resucitado no se puede esconder, es contagiosa, la alegría es la primera y la última palabra del Evangelio.

El autor es sacerdote católico.

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