Ver para creer

A veces se nos dice que somos personas de poca fe, como Tomás, a quien se le atribuye aquella famosa frase: “Ver para creer”.

O como dice San Lucas: “Si no veo en sus manos las señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Lc 20, 25).

No solamente el apóstol Tomás sino todos los discípulos de Jesús tuvieron mucho de incrédulos; todos ellos necesitaron también, como nosotros, “Ver para creer”.

San Mateo nos dice que, aunque vieron a Jesús resucitado, “Algunos, sin embargo, dudaron” (Mt 28, 17).

San Marcos afirma que, cuando María Magdalena vio a Jesús resucitado, corrió a informar a los discípulos, pero ellos “No le creyeron” (Mc 16, 11).

San Lucas es mucho más expresivo y dice que, cuando las mujeres informaron a los apóstoles que habían visto a Jesús vivo, los relatos de las mujeres les parecían: “Desatinos y no les creían” (Lc 24, 11). Todos necesitaron “ver para creer”, no solo Tomás.

Por eso, hubo un momento en el que Jesús tiene que decirles: “¿Por qué se turban? ¿Por qué se suscitan dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpen y vean, porque un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo” (Lc 24, 38-39).

Todos los discípulos, y no solo Tomás, fueron “tardos de corazón para creer” (Lc. 24, 25); por ello, también todos ellos merecían la crítica de Jesús: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29).

Hoy también nosotros somos duros para creer y da la impresión que cada vez más; también como Tomás y los demás discípulos decimos nosotros: “Ver para creer”.

Hoy se nos hace muy difícil creer: Se nos hace difícil creer a los personas: se habla mucho, y todo se queda en pura palabra.

Se hace difícil la fe entre los esposos; fácilmente se pierde la confianza entre ellos y dejan mutuamente de creerse. Se hace difícil que los padres crean en los hijos y los hijos en los padres. Hay mucha mentira dentro de los miembros de la familia.

Se les hace muy difícil creer a los jóvenes. No ven en nosotros, los mayores, la coherencia entre lo que decimos y hacemos.

El mensaje de fe que damos es poco novedoso y atractivo. A su vez, nuestro mundo ofrece valores, por lo menos, más aparentemente atractivos que la misma fe.

La fe nos obliga; el mundo nos dice que hagamos lo que nos venga en gana. La fe nos compromete; el mundo nos dice que no nos metamos en líos, que se comprometan los demás.

La fe nos exige; el mundo nada nos pide y sí nos ofrece sus encantos. La fe nos hace movernos en el mundo de la gratuidad; el mundo nos dice que el que quiera un favor que lo pague.

Hoy se nos hace muy difícil la fe; por ello necesitamos hacer visibles ciertos signos que la faciliten:

Necesitamos dar un testimonio más vivo de fraternidad y amor. Nadie se fía hoy de las palabras. Quien proclama cree en Dios, debe demostrarlo con el amor a los hermanos.

Necesitamos hacer visible el perdón (Jn 20, 23). Los cristianos tenemos que dar signos que faciliten también hoy el camino a la fe.

Esto es lo que nos dice Jesús: “Ustedes son la luz del mundo… Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16).

“En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35). La fe se facilita por el testimonio.

El autor es sacerdote católico.

Opinión Dios San Lucas archivo
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