Cabeza fría y corazón caliente

Ante las muchas decisiones que tendremos que tomar este año, particularmente político, los nicaragüenses tenemos una obligación solemne de pensar, y pensar bien. Decisiones como unirnos o no unirnos, participar o no en elecciones, preferir a este o aquel candidato, negociar o no con el gobierno, buscar reconciliación o justicia. La vida de muchos, la economía, y tantas cosas más, dependerá de la sabiduría con que decidamos.

Pensar bien, ejercitar el don de la razón, no es fácil. No lo es ser realista: ver las cosas como son y no como queremos que sean. Uno de sus principales enemigos son las pasiones; amores u odios intensos que nublan la objetividad, entre ellos los resentimientos por afrentas o desprecios sufridos, reales o imaginarios. Otros son los prejuicios; descalificaciones a priori de ciertos grupos o ideas. También influyen los idealismos románticos; la tendencia infantil que aspira a una Disneylandia política; un mundo bello donde reinará la justicia, la igualdad, y otras aspiraciones nobles, pero sin reparar en las limitaciones que imponen realidades adversas tan duras como el cemento.

La sabiduría o el realismo político no ha sido una de las características de nuestra historia. Hemos oscilado entre los extremos de un pragmatismo resignado, que so pretexto de ser prácticos sacrifica principios y se asocia con malvados, y la del idealismo apasionado que, movido por indignaciones morales o ideologías utópicas, absolutiza soluciones totales y descalifica como traición cualquier camino intermedio.

Hace dos semanas publiqué el artículo “Realismo Salvaje”, buscando plantear las alternativas políticas que enfrentamos hoy. Gustó a unos y enojó a otros. A estos porque asumían que recomendaba concederle a los tiranos inmunidad y conservación de privilegios, a cambio de elecciones libres. Mi intención no era ni es más que presentar los caminos que tenemos enfrente, a fin de que elijamos el más conveniente para el país. Escritores como Francisco Larios, por ejemplo, aborrecen, desde un sentimiento de indignación moral, hablar de concesiones que sacrifiquen la justicia. No objeto su actitud. Si el pueblo nicaragüense quiere que los tiranos no queden sin castigo y pierdan sus privilegios, ese será el camino por seguir. Puede ser el más digno y noble. Pero hay que estar consciente de lo que implica y demanda. El problema es que no abundan propuestas o estrategias concretas para seguirlo con éxito. Habrá que producirlas.

Si se descarta la vía electoral, o si los OrMu, temiendo las consecuencias de perder el poder la adulteran, las dos únicas formas de luchar contra ellos serán la no violencia activa o la insurrección armada. Habría pues que considerar seria y realísticamente ambas. ¿Podrá derrotarse una dictadura empecinada en prolongarse fraudulentamente en el poder, a través de la resistencia civil no violenta? Algunos dicen que sí. Piensan en Gandhi, Luther King, en la revolución naranja de Ucrania, en el movimiento Optor, de Serbia. Puede ser. Sería el método ideal de lucha; todo un pueblo decidido a no cooperar, a resistir con paros, marchas, plantones, huelgas de impuestos, de hambre, etc. Requiere mucho heroísmo y de gente dispuesta a morir. Si triunfa, sería una gran lección cívica y evitaría los enconos y la destrucción de las guerras. Pero puede fracasar, como ha ocurrido ante tiranías despiadadas que no vacilan en asesinar en masa.

La otra alternativa es la armada. Muchos la descartan a priori; necesita muchos recursos, países que la apoyen, trae torrentes de sangre y destrucción, siembra odios y puede generar una nueva dictadura. Otros, pocos, la ven factible. Recursos se pueden conseguir con la diáspora, algunos empresarios patrióticos y con países como Israel u otros de derecha. Con 500 AK y rifles de mira telescópica los muchachos que se alzaron en 2018 derrotarían a los paramilitares mercenarios del régimen. Este tendría que recurrir al Ejército y este quizás se niegue. Quizás. Si triunfa, los esbirros del régimen serán castigados, sentando un precedente excelente y satisfaciendo las ansias de justicia de los familiares de las víctimas.

Debemos pues visualizar y analizar los pros y contras de todos los posibles escenarios y decidir con sabiduría. La pura indignación moral no lleva a ninguna parte si no es acompañada de medios concretos y realistas (posibles) para cambiar gobernantes.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

COMENTARIOS

  1. Hace 5 años

    Mal. Muy mal señor Belli. La vía militar nunca debe ser una opción. Dudo mucho que el señor Belli permita que sus hijos o nietos sean parte de ese contingente de jóvenes que, según él, se levantarán y empuñarán los fusiles. Ni se debe esperar que la “diáspora” financie un conflicto con lo difícil que es ganarse el pan en el extranjero. Tampoco es oportuno ni acertado involucrar al estado de Israel o a otros estados de “derecha” en un hipotético financiamiento de un frente armado. En la actualidad el mundo se enfrenta a una pandemia sin precedentes que ha causado muerte, dolor, crisis económica y una enorme incertidumbre. Controlar la crisis generada por la pandemia es la prioridad de cada estado, de manera que no se puede esperar que otros países estén deseosos de participar en promover la caída de una dictadura que tiraniza a un paisucho como Nicaragua, por muy cruel que esta sea. Si los nicaragüenses no son capaces de unirse en una fuerza común para librarse de las garras opresoras de la tiranía no puede ni deben esperar que agentes externos hagan el trabajo.

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