El Gallo Estrada ganó una pelea que Román González no perdió

Chocolatito logró la regularidad en su boxeo, manejó la pelea y si bien no tuvo siempre el control del ritmo de combate, jamás se vio en problemas, por el contrario, cuando pisó el acelerador colocó los mejores golpes

Parece un contrasentido, pero no lo es: Chocolatito perdió la tan esperada revancha contra Juan Francisco Estrada, pero no perdió. Al menos, no mereció perder en una pelea cerrada, que como toda pelea cerrada es de manual recordar que en todas ellas el veredicto de los jueces se va para cualquier lado y siempre, inevitablemente, siempre habrá polémica. Como lo habíamos vaticinado. La apreciación en el boxeo es un campo minado y el de Dallas fue el peor de todos. El Gallo y Chocolatito nos regalaron una gran pelea, dignificaron el boxeo como deporte competitivo y también nos regalaron aquel dolor de cabeza que temíamos a la hora de elegir un vencedor. Y no es cuento de camino, el acierto estratégico de las dos esquinas fue el caldo para toda la confusión y la tarjeta de un juez llamado Carlos Sucre que presentó, con total desparpajo, un verdadero engendro de puntuación en su tarjeta, al otorgarle a Estrada una ventaja de 117-111. Ese señor fue el del lío y el culpable de que con todo derecho los fanáticos de Chocolatito griten en las redes sociales que hubo un despojo o un robo. Y en realidad, no hubo ni robo ni despojo, solamente las tarjetas fueron injustas con quien no mereció perder. Cuando eso ocurre, por mas lecturas que le busquemos, siempre será un accidente, una cuestión de suerte o mala suerte. Estrada también hizo méritos para ganar y lo vieron ganar. Una pena, debió ser empate, pero eso tampoco se puede decretar.

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El empate fue mi único pronóstico para cumplir con los amigos que me lo reclamaban en sus foros. Esta pelea era imposible de predecir. Y no le erré. Hasta el Gallo Estrada dijo que debió ser un empate. Desde mi percepción previa, sería un duelo áspero y de toma y daca al inicio, para luego recorrer la distancia completa y terminar en un «tremendo lío» en las tarjetas. Y así fue. Pero no fue robo, que conste. Las peleas cerradas son injustas cuando terminan. Es inevitable. Y esta vez lo fueron con un perdedor que ganó en la suma de golpes lanzados, ganó en la suma de golpes conectados y ganó en percepción general. Pero, al menos, dos jueces escaparon de esa «percepción general», y vieron las cosas de manera diferente.

Los méritos de Chocolatito

Chocolatito sorprendió con su motivación, sorprendió con su estado físico y por sobre todas las cosas sorprendió con su planteo táctico. Necesitó apenas un asalto, el primero, para adaptarse a los ajustes a su propio estilo. De cerrarse arriba para evitar ser sorprendido por un golpe de poder que lo pudiera lastimar, de renunciar a buscar golpear en la zona hepática de Estrada para concentrar toda su metralla a la zona alta del Gallo. Metralla que la soltó por secuencias y ráfagas, cediendo por momentos la iniciativa y «peleando a lo Estrada». O sea, recurriendo al contragolpe, a pelear en retroceso o caminar hacia laterales llevando a un, por momentos, desorientado rival a «pealar a lo Chocolatito». O sea, fuera de libreto.

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Chocolatito logró la regularidad en su boxeo, manejó la pelea y si bien no tuvo siempre el control del ritmo de combate, jamás se vio en problemas, por el contrario, cuando piso el acelerador colocó los mejores golpes, lo hizo sangrar temprano por las fosas nasales a su rival y a la vez de mantener su rostro inmaculado, lejos de las habituales inflamaciones, fue su rival, el Gallo, quien mostró su rostro lastimado.

Es verdad que los dos se alternaron en el control de la pelea, pero siempre fue Román González el que mejor se lució en ofensiva y en defensiva. Los dos fueron cautelosos, pero no renunciaron al volumen. Los 1317 golpes lanzados por Chocolatito hablan por sí solos de que esta vez, el vértigo lo acumuló en secuencias, tan prolijas, que le aseguraron un cardio largo. Tan largo que llegó al último asalto con más energía que en el primero y casi liquida la pelea. Lo conmovió a Estrada con sus combinaciones y hasta pudo noquearlo.

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¿Por qué no ganó entonces? Es la gran pregunta. A este deporte nadie lo ve igual que nadie, ningún juez actúa igual que otro y la apreciación como materia oscura que todo lo decide cuando no hay nocaut, es un territorio sin arriba y sin abajo. Estrada no fue manco, además, tuvo buenos pasajes y tuvo el control efectivo, golpeó menos, pero sus aciertos sonaron altos, especialmente cuando castigó sin piedad la zona hepática de Chocolatito. González sintió esos golpes y los jueces, seguramente, también vieron que los sentía.

En mi tarjeta personal, le di cinco asaltos a cada uno y dos los dejé en empate. Aunque en medio de la transmisión aclaré que algunos fueron tan cerrados, que pudieron irse para cualquiera. La victoria esta vez no es un premio, es una elección entre dos grandes guerreros. La discusión sobre el despojo si o el despojo no, pasa a formar parte de la historia de este deporte. Un deporte que conoce muchas discusiones similares, como la que hace mas de ocho años provocaron estos mismos rivales cuando se enfrentaron por primera vez. Ahora, no sabemos si habrá trilogía. Ojalá que sí. El boxeo merece este tipo de espectáculos. Pero, no se entusiasmen con el resultado. González y Estrada podrán seguir peleando hasta el final de sus carreras y cada final de sus guerras será exactamente igual que la de Dallas. Con polémica y drama en las tarjetas. Son tan buenos en su boxeo, que más que la amargura de quien ve el resultado como un despojo, deberíamos agradecer el drama. Es señal que disfrutamos de una gran batalla. Y al final del día, más que para ganar, cada boxeador verdadero sube al cuadrilátero a brindar un espectáculo. Y en la noche del sábado, Chocolatito y El Gallo cumplieron con esa misión. El boxeo agradecido, ellos mostraron que en medio de tanto desastre hay luz al final del túnel. Esa es la mejor noticia: el boxeo está vivo y goza de buena salud.

Deportes Román González archivo

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