En un espacio de siete metros de ancho por seis de fondo, forrado con láminas de zinc viejo y techo de plástico, viven Emma Mena y Claudio Flores. Esta pareja de ancianos ha compartido el pan, el abandono y la pobreza. Han pasado días enteros de hambre pues no han tenido nada que comer. Cuando llega un plato a su mesa es porque Emma, con 102 años de edad, ha tenido «la suerte» —dice— de encontrar trabajo lavando ropa ajena. Claudio no puede aportar nada, perdió la visión y vive bajo el cuido de su esposa. «Esta cruz es pesada», dice Emma con los ojos encharcados.
Su casita está en Villa Japón, ubicada en el kilómetro 36 de la carretera a El Timal. Desde allí Emma sale todas las mañanas hacia el casco urbano de Tipitapa a buscar quién le dé ropa para lavar con sus manos arrugadas que buscan a tientas el trabajo. Sale temprano para poder regresar antes de mediodía con una bolsa de arroz y frijoles para cocinar. «Es ropita suave que me dan», dice como aclarando, y luego explica que toda la vida laboró como empleada doméstica.
El caso de esta pareja de ancianos es dramático y urge de la intervención estatal, pero ninguna institución pública los ha visitado. Según Emma, tiempo atrás —no recuerda exactamente— les dieron paquete alimentario, pero se los cancelaron porque uno de los encargados justificó que Claudio bien podía buscar trabajo. Eso les cayó como balde de agua fría: la ceguera que padece lo hace dependiente de alguien que lo cuide.
Cuentan también que el alcalde de Tipitapa, César Vásquez, les estuvo dando cien córdobas mensuales, pero después notificó que no había más dinero. Aún con lo poco que se puede comprar en los mercados con esa suma, para la pareja era la garantía de tener algo de comida garantizada.
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«Solo de Dios y de las personas que les toca el corazón es de quien tenemos ayuda. Dios me dio un hijo que me lo quitó al nacer y ya nunca más volví a tener otro. Claudio tiene dos hijos pero no le ayudan. Quedamos solos los dos viejos», lamenta Emma, quien a sus 102 años goza de una memoria prodigiosa.
«¡Esto es amargo!», agrega Claudio, desde una silla de plástico con las patas remendadas. Coinciden en que necesitan mejorar el estado de su casa antes que llegue el invierno, porque además de colarse la lluvia, las bases de madera están podridas y podría colapsar.
Comparten penas y una vieja cama, pequeña para dos cuerpos y con un colchón flaco que apenas los separa de los tablones. «Por lo menos tener un lugar cómodo donde esté él cuando enferme. O yo, porque nosotros pronto nos vamos a morir», sentencia Emma.
Emma nació en Las Mesas, que está carretera a la ciudad de Matagalpa; mientras que Claudio es oriundo de Managua. Cuenta que nació de Montoya hacia el oeste. Los dos tienen sobrinos y otros familiares, pero nadie se acuerda de ellos. Coinciden que fueron olvidados.
Antes de la ceguera
Emma y Claudio tienen 40 años de estar juntos y 10 de vivir en Villa Japón. Recibieron este pedazo de tierra para habitar después de andar posando. Pero no tienen escrituras. La última obra que hizo Claudio —quien antes de quedar ciego trabajaba en construcción— fue la casa en la que resisten al tiempo, el olvido y las adversidades.
Sus vecinos y conocidos los ayudan con lo que pueden, cuando pueden, pero en la zona y con la situación socioeconómica del país, las puertas se han ido cerrando. Si alguien quiere apoyarlos, insisten, pueden llamar al número: 7810-6406. Si Emma no contesta al primer intento, espere un momento y vuelva a marcar el número, puede que ella esté lavando la ropa ajena, cuidando a Claudio o preparando algo para comer. Si es que consiguió trabajo y dinero ese día.

Atención es una ley
El Ministerio de la Familia, Adolescencia y Niñez, la Alcaldía a través de su promotoría y el coordinador del Adulto Mayor de los Gabinetes del Poder Ciudadano (GPC), son los encargados de atender a las personas de la tercera edad que necesitan ayuda estatal. Su protección y garantías están estipulada en la Ley 720 (Ley del Adulto Mayor), aprobada en mayo de 2010.