El doctor Ancízar Mendoza, Director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Andrés Bello de Venezuela, en un ensayo citado esta semana por Briones Torres, anteponía la sociedad feudal organizada artificialmente, desde arriba, por el mando (sin otra comunicación que la que venía de arriba a abajo), con la sociedad democrática, intercomunicada, “sentada alrededor de una gran mesa redonda” que son los medios de comunicación, es decir, el periodismo, donde los ciudadanos, iguales ante la ley, intercambian sus hechos y opiniones. En la feudal, la sociedad estructurada como pirámide, va contra la realización de del hombre. Es una sociedad de “comunicados”, de órdenes, en la cual solo cuenta una voluntad, un criterio y una decisión: la del señor de “arriba”. Contra esta forma opresiva de organización social se produjo la Revolución Francesa y las revoluciones de la independencia de todos nuestros países americanos. En la otra -la democrática- hay comunicación, diálogo, que permite “el libre juego de las iniciativas y la igualdad de oportunidades”.
Proyectando esta interesante contradisposición de Ancízar Mendoza sobre el panorama socio-político de Nicaragua, nos encontramos con un desconcertante resultado: las dos sociedades (la vetusta medieval y la progresista democrática) coexisten en forma paradójica y antagónica entre nosotros.
Por un lado, un neo-feudalismo capitalista -desviando a la fuerza las corrientes republicanas que vienen desde la Revolución Francesa y la Revolución de la Independencia- trata de volver a organizar la sociedad en forma piramidal (restableciendo todos los privilegios abolidos incluso los dinásticos); mientras al otro lado la corriente legal democrática, asediada, se refugia (como en un último baluarte, después de haber perdido todos los otros medios) en un periódico; se aferra a esta última mesa redonda y allí discute, clama, exige, como si fuera una República (la desesperada República de papel del periodismo) cuando todo lo demás -armas, dinero, sellos- todo lo que no es la voz del pueblo escrita, es feudal y no tiene más que un dueño y señor.
En otras palabras, la extraña paradoja de Nicaragua es que a la República (lo que se llama una República: igualdad de oportunidades, libre juego de iniciativas, libertad de opinión y de crítica, fiscalización de los fondos públicos, etc.) sólo se le ha dejado una parcela de papel.
Esto no significa que aquí exista lo que en una democracia se entiende por “libertad de prensa”. La libertad es fecunda: es comunicadora, dialogante. La libertad no es sorda. Hay libertad verdadera donde se oye la palabra. Aquí la libertad es una insolente libertad feudal que no oye, que no deja que la palabra desarrolle su propia fecundidad republicana. La autoridad lanza “comunicados” de arriba a abajo, pero no tiene comunicación con el pueblo. No oye a nadie. Aquí el periodismo circula en la base de la pirámide, pero no llega al vértice porque la forma piramidal es por esencia anti-democrática y está hecha para no oír sino para mandar y aplastar; es una forma social anterior a la imprenta, anterior al del periodismo, sorda a la comunicación social. Desde las almenas del castillo feudal sonaban las trompetas o se gritaban órdenes, pero no subían las voces del pueblo avasallado. Las voces de los siervos de la gleba no escalaban los muros.
Pero ¿cómo se formó la pirámide si en la voz del pueblo se oye, se percibe claramente la voluntad republicana?
-Se formó por una equivocación, por un error de cálculos del Dinero con el Poder. (¡Vieja equivocación!). Fue un proceso lento al comienzo, pero después vertiginoso producido por la incontrolada sed de lucro de los dirigentes y de las fuerzas vivas del país. El espíritu republicano de los viejos próceres poco a poco fue sustituido por una nueva mentalidad neo-capitalista cuya deshumanización ha llegado a simplificarse y concretarse en nuestro días en una sola máxima: LO PRIMERO HACER DINERO. (Antes decía el nicaragüense: “Dios primero”! Posiblemente se trata de una sustitución de dioses). Y con esta máxima se antepuso el HACER DINERO a la dignidad, a la moral, a la amistad, al bien común, al Hombre mismo. (El gran ideal de la educación que hoy predomina, no es hacer hombres sino hacer gerentes: es decir, seres amaestrados para hacer dinero).
La responsabilidad civil y patriótica del dirigente, su misión histórica republicana, su obligación de oponerse a los abusos del poder y de defender el estado de derecho, fueron relegados y sustituidos por la desbocada conquista que, políticamente, sólo podían conseguirse asociándose con el Poder, dándole apoyo incondicional para participar en su productiva arbitrariedad.
El Poder creció en la medida en que fue apoyado por los que estaban obligados a controlarlo. Pero todo entreguismo, todo contubernio de intereses con el Poder tiene un límite que lo marca, con su zarpa implacable, el mismo Poder. En la carrera del enriquecimiento siempre llega un momento en que el Poder se ha expandido tanto que sus propios sostenedores comienzan a ser sus competidores (y en el mundo agresivo del dinero la ley es la que la competencia se elimine). Es el momento en que el Poder comienza a devorar a sus mismos asociados. El momento (que siempre llega) en que el Rey devora a sus nobles.
Los frenos a la autoridades que sabiamente impusieron los próceres republicanos, fueron desmontados por el apetito de riqueza de los hijos de esos próceres. Fueron torpes en no prever que el inmenso motor del Poder sin frenos acabaría arrollándolos también a ellos.
La traición de los dirigentes ha destruido una República que ahora sólo queda en el papel. Su senado ha quedado reducido a editoriales y artículos en un papel. Su Cámara ha quedado reducida a unas voces del pueblo escritas en un papel. Sus partidos son solo manifiestos y declaraciones en un papel. Sus derechos a fiscalizar la cosa pública, su igualdad de oportunidades, su libre juego de iniciativa solo subsisten en reportajes, en quejas, en desesperados reclamos escritos sobre un papel.
República escrita ¿cuándo el papel será la realidad y las letras hombres y lo leído Ley?
*Este artículo fue publicado el 7 de julio de 1973 por Pablo Antonio Cuadra.