Hay una verdad que hemos de tener muy en cuenta y es que no es lo mismo oír que escuchar. El Diccionario de la Real Academia dice que oír es “percibir sonidos” y escuchar es “prestar atención a lo que se oye”.
Para oír no hacen faltas muchas cosas; solo tener capacidad auditiva, solo sentir los sonidos. Muchas veces oímos sin querer. Para oír no hace falta poner voluntad ni interés alguno, solamente se necesita que se emitan sonidos y se puedan percibir, basta con tener la actitud que nos dice el refrán: “por un oído me entra y por otro me sale”. Podemos estar oyendo a una persona, pero, a su vez, no poner interés alguno en escucharle.
¡Qué difícil es escuchar! ¡Cuánto les cuesta a los que están en las alturas ponerse a escuchar a los de abajo! ¡Qué difícil se nos hace a todos escucha a Dios y a los demás! Hablar es muy fácil; escuchar es muy difícil. El problema para la mayoría de la gente no es oír, sino escuchar.
Escuchar no es simplemente oír o estar callados. Escuchar es: Ir más allá del simplemente oír. Poner el corazón en aquello que oímos. Esforzarnos por ponernos en sintonía con lo que el otro nos quiere comunicar para entenderle tal cual él quiere que le entendamos.
Estar abiertos al mensaje que el otro nos ofrece, asimilarlo y hacerlo nuestro. Es estar atentos para que el mensaje que el otro no quiere dar no lo tergiversemos y así su verdad pueda cambiarnos.
No es fácil escuchar. Escuchar y escuchar bien puede conllevar un riesgo y puede que nos remueva el piso de nuestras seguridades. Una buena escucha puede hasta hacernos cambiar el rumbo de nuestra vida.
Pero, la verdad, es que solo quien escucha con humildad y sin temor alguno al otro, es capaz de cambiar y de convivir.
Jesús se mantuvo en actitud permanente de escucha con su Padre Dios y con los pobres de este mundo: Escuchó siempre a su Padre Dios y, por ello, fue capaz de decirle también siempre: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42).
Escuchó siempre el grito de los pobres y, por ello, “curó a muchos” (Mc 1, 32-34). Escuchó el grito del leproso y este “quedó limpio” (Mt 8, 1-3). Escuchó el grito de Jairo y su hija “se levantó”, volvió a la vida (Mc 5, 21-23.35-42).
Escuchó a los discípulos en medio de la tempestad y les vino “la bonanza” (Mt 8, 23-26). Escuchó el llanto de la pecadora y le devolvió “la paz” (Lc 7, 36-50). Escuchó el grito de la gente que tenía hambre y les dio de comer hasta “sobrar” (Jn 6, 1-14).
Escuchamos la voz del Padre que nos dice presentándonos a Jesús: “Este es mi Hijo amado, escúchenle” (Mc 9, 7). El Padre no nos dice solamente que oigamos a su Hijo, sino que le “escuchemos”. A Jesús le oyó mucha gente, pero pocos le escuchaban. Por eso él mismo decía: “Teniendo oídos no oyen” (Mc 8, 18).
Nosotros muchas veces oímos la Palabra de Dios; pero no le escuchamos: No hacemos nuestra su palabra ni la asimilamos. No nos ponemos en sintonía con su Palabra. No la dejamos que penetre en nuestros corazones porque no queremos que nos cambie.
Jesús sigue hablándonos; pero no hacemos lo que el Padre Dios quiere: “Escucharle”.
Necesitamos orar mucho y con toda sinceridad con aquella oración que hizo Samuel a Dios: “Habla, Señor, que tu hijo escucha”. (1 Sam. 3, 9).
El autor es sacerdote católico.