Durante mis años de estudiante llegué a estudiar tanto en escuela pública como privada. Recuerdo que, en los años noventa, tiempo de gobiernos neoliberales, la enseñanza no fue claramente politizada como lo fue en los ochenta o como ha vuelto a ser desde el retorno al poder del Frente Sandinista.
Uno de mis centros de estudios fue en el municipio de San Sebastián de Yalí, Jinotega, en el entonces instituto Ernesto “Che” Guevara, nombrado así por el gobierno sandinista al ser construido en los ochenta en honor al guerrillero argentino. Cuando el nuevo gobierno inició con el cambio de nombre a “Rubén Darío” se realizó una toma de aquel instituto que duró varios días, protestando el cambio como si el Che fuera un héroe nacional. Los ocupantes, entre ellos algunos compañeros de clase, se plantaron allí por orden del partido que apoyaban, el cual ya se encontraba “gobernando desde abajo”. Eventualmente, el cambio de nombre fue oficial y hasta el día de hoy así se ha mantenido.
Lo que trato de explicar con este episodio de mi vida es que el adoctrinamiento educativo vivido por muchos que llegaron a realizar esa toma, a pesar de ya no estar bajo el gobierno sandinista, aún se mantenía incrustado en los cerebros de quienes lo escucharon repetidamente en aulas de clase. La instrucción forzosa, de tener que aprender sobre individuos que no tienen un valor histórico nicaragüense, aprendiendo sobre ellos como si fueron más importantes que nuestros verdaderos héroes patrios. De igual manera, la falta de importancia hacía pensamiento crítico, algo que les hubiera sido sumamente útil al llegar a estudiar una carrera o para la vida diaria, no era prioridad del gobierno en ese entonces.
Estamos ante esa misma situación de nuevo en las escuelas públicas del país. No debería sorprender a muchos que la calidad de educación impartida en nuestro país es pobre y considerada por muchos como una de las peores de la región. Desde los libros de texto que muestran al actual presidente y su compañera como ejemplos en historia, cívica y hasta en las clases de inglés, hasta la propaganda exhaustiva por parte del personal docente y administrativo como el alza de banderas y gritos de consignas durante actividades. Los más vulnerables son los pequeños que tendrán que crecer con eso, creyendo que es lo único y lo mejor para Nicaragua. Muchos adolescentes terminarán como bachilleres de pobre calidad, ingresando a las universidades públicas con promedios bajos y creyendo que podrán con una educación que se supone sea “superior”. Lastimosamente, muchos quizás no llegarán a culminar sus estudios y desafortunadamente llegarán a formar parte de una sociedad que sigue en extrema pobreza gracias a un gobierno corrupto.
El resultado final del adoctrinamiento educativo en Nicaragua es y será lo mismo que llegué a ver en la década de los noventa… individuos que actúan bajo órdenes, sin cuestionar el porqué. Mientras los que sí alzan su voz y cuestionan con criterio serán tildados como no deseables; perseguidos y excluidos de nuestra sociedad. La educación en Nicaragua merece ser salvada y no adoctrinada.
El autor es escritor, autor de los libros Entre rebelión y dictadura y Entre lucha y esperanza.